Ortega Cano monta una escuela de perros policía

Para ello, ha comprado una pequeña finca próxima a su chalé de San Sebastián de los Reyes

Ortega Cano se despidió de los ruedos el 26 de agosto
Ortega Cano se despidió de los ruedos el 26 de agosto

Para ello, ha comprado una pequeña finca próxima a su chalé de San Sebastián de los Reyes.

El cartagenero sigue adelante, con los toros, si no olvidados, sí postergados. El ex mataor tiene y mantiene actividades que no tienen nada que ver con la Fiesta Nacional, donde fue número uno en sus gloriosos años. Unió valentía con arte. Diversifica su actividad incansable y ahora se dispone a abrir una escuela para educar perros policía, cosas veredes. Cuenta con la colaboración sapiente de personas expertas en el medio, de ahí que haya decidido esta inédita y plácida experiencia nada peligrosa donde no tiene que «arrimarse».

Ha comprado una finca no muy grande próxima a su chalé de San Sebastián de los Reyes –toda una vida en aquella casa donde residía con la querida doña Juana, una madre de las que ya no quedan– y allí se dispone a esta prueba de su versatilidad con la que procura superar la melancolía inevitable cuando se ha tenido y sostenido un gran nombre. Con esta ocupación de enseñar a perros policía y hacer bien al país ansía lograrlo, nostálgico de sus grandes tardes toreras que marcaron época. Luego se casó con Rocío Jurado y el resplandor de la chipionera amortiguó su fama profesional, quizá porque la vida lo emparejó al casarse a la inolvidable «Señora». Se celebró en la Yerbabuena, propiedad de Rocío, que más tarde vería matrimoniar, desafiando los recelos paternos, a Rocío Carrasco, hoy en paradero desconocido. Ella puede diluirse fantasmal tras el dineral que heredó y así evita tentaciones televisivas que siempre acaban fatal.

Discreción y respeto

La hija de su madre escogió la discreción tras unirse desde hace l8 años –toda una vida– a Fidel Albiac, una relación nada que ver con la más interesada y trepadora de Antonio David, su primer marido. Y aunque ninguno de los dos emparejados gustaban a la Jurado –especialmente David–, tragó, aceptó y consintió porque siempre, rebosando maternal amor, nos pedía discreción y respeto con un convincente: «A esta ni tocarla, que la he parío yo», nos decía con un amenazador «cuidadito». Por eso se salvó relativamente de la quema informativa aunque su unión dejaba mucho que desear, como luego demostraron al separarse pronto y traumatizando la vida familiar. Pedro Carrasco era más figura que Rocío Jurado y acabó relegado y hasta vejado.

Algunos aún se entristecen recordando sus disputas domésticas, una constante, donde él le soltaba despectivamente «vieja» y ella repetía un casi insulto menospreciador que más tarde, ya casada otra vez, también lanzó a Ortega Cano. Era el que solía aplicarnos a sus íntimos. Sin molestarse había que entender ese desahogo, tal hicieron Pedro y José. Él sigue feliz con Ana María, un regalo cuando nada esperaba del amor y que ahora renace con esta perruna actividad de educar al mejor amigo del hombre. Un cambio alentador, todo un suma y sigue.