El Bernabéu dice adios a su saeta

Di Stéfano recibió en junio su partido homenaje y fue la última vez que se vistió de corto con la camiseta del Real Madrid

Ese verano, además, firmó como entrenador del Elche

Di Stéfano recibió en junio su partido homenaje y fue la última vez que se vistió de corto con la camiseta del Real Madrid.

Era el 7 de junio y hacía unos quince grados en aquella noche de Madrid. Era el típico atardecer de final de primavera, antes de que las olas de calor se hiciesen habituales, y al salir la calle, con esa temperatura, solo te puede dar un ataque de valentía y ganas de vivir o un ataque de melancolía por lo que ya no vas a vivir. Y esa noche, había por lo menos 90.000 personas en Madrid (que eran las que llenaban el Santiago Bernabéu) y millones más en sus casas, viendo la televisión, que tenían ya esa sensación de dulce despedida que antecede a la melancolía

Cuando se dice adiós a un futbolista se dice algo más que adiós a un futbolista. Un buen aficionado se despide de una parte de uno mismo, de esos momentos en los que ha disfrutado viéndolo y los momentos que ha imaginado haciendo lo que su héroe hacía. Igual que los niños ahora meten un gol y después imitan el salto y el grito de Ronaldo, los niños de aquel verano de 1967 seguro que habían crecido imitando a Alfredo di Stéfano, el mismo que, esa agradable noche de comienzo del verano, dejaba definitivamente el fútbol en un partido homenaje en el Bernabéu, su casa, su vida, frente al Celtic de Glasgow.

Hacía tres años que se había ido del Real Madrid, enfadado con el entrenador, Miguel Muñoz, y con Bernabéu, frustrado por la derrota en una final de la Copa de Europa y cabreado con el Real Madrid porque le ofrecía un puesto «de lo que quiera», pero lejos del césped. Tenía ya 38 años y quería seguir jugando. Siempre había sido un futbolista total y pretendía seguir siéndolo. Retirarse, pues, no entraba en ninguno de sus planes. Le fichó el Espanyol, estuvo dos años, se retiró en 1966 y el verano del año siguiente se organizó el homenaje, para que se vieran sus últimos minutos vestido de corto y del Real Madrid. Era habitual que los jugadores se despidieran con un partido así, con el que se les ayudaba económicamente al darles la taquilla generada.

Fue una despedida para remediar su triste adiós anterior, aunque la relación con Bernabéu nunca se arreglaría. Los dos, que habían hecho gigante al Real Madrid, no se hablaban y no se volverían a hablar.

Esa noche de 1967, Di Stéfano subió al palco, recibió la Medalla de Oro al Mérito Deportivo, fue tremendamente aplaudido y en el minuto 25, el colegiado paró el partido, pidió el balón, se lo dio y Alfredo abandonó el campo: se dio un abrazo con Grosso y dijo adiós a su «vieja», a la pelota. No habría otro jugador como él, tan fundamental en la construcción de un equipo de leyenda por los siglos de los siglos.

Todo el fútbol sintió su adiós. También los rivales, los que le sufrieron. El Barcelona mandó una carta de homenaje y el resto de equipos mandaron regalos que se podían observar durante la cena después del encuentro. Según algunos cálculos de la época, ese encuentro homenaje dejó una cantidad de 8 millones de euros, de los que 3 fueron al futbolista. Como los periodistas son como son, días después le preguntaron a Di Stéfano cuánto dinero le había proporcionado el homenaje: «Eso lo sabemos mi familia y yo».

No importó mucho, pero ese partido lo perdió el Real Madrid. Quizá porque era un momento triste y para estar a tono con el momento ni siquiera merecía una victoria en su adiós. Cincuenta años después quienes le vieron jugar se niegan a compararle con cualquier otro futbolista. Pelé hacía goles e imaginaba lo que no existía; Cruyff era el jefe de una revolución; Maradona un mesías, pero Di Stéfano lo era todo. A todos que le vieron, desde ese día, sólo les quedó la nostalgia de los recuerdos que habían almacenado.

O eso es lo que pensarían aquella noche de junio. Si algo no permite pararse ni mirar para atrás es el fútbol. Las victorias duran unos días, las derrotas se olvidan con el siguiente partido. El dolor de las partido se agota en cuanto comienza la siguiente temporada.

Ese verano aún faltaba por disputarse la Copa del Generalísimo y el Elche la estaba jugando. El 11 de junio se anunciaba el fichaje de Di Stéfano como entrenador y ese mes ya se sentaba en el banquillo para los partidos que quedaban de Copa. En septiembre empezaría la temporada. Es que amaba demasiado el fútbol como para decirle adiós así de repente. Un día, uno cree que se está despidiendo para siempre. Pero solo está empezando otra cosa.