¿Cómo se decide cuál es la estrella polar?

Es el astro al final de una línea imaginaria que trazaríamos si prolongásemos el eje inclinado de la tierra en el hemisferio norte

Es el astro al final de una línea imaginaria que trazaríamos si prolongásemos el eje inclinado de la tierra en el hemisferio norte.

La estrella polar no es siempre la misma. Se entiende como tal al astro que se encuentra en el firmamento al final de esa línea imaginaria que trazaríamos si prolongásemos mentalmente el eje inclinado de la Tierra en el hemisferio norte. En la actualidad, la estrella más cercana a la línea del eje de la Tierra es la estrella Alfa de la Constelación de la Osa Menor. Pero no siempre ha sido así, ni así será de forma permanente.

Si viajáramos en el tiempo milenios atrás, encontraríamos estrellas polares de toda laña. Hace 4.800 años, por ejemplo, la estrella más cercana al polo norte celeste era Alfa Draconis (de la constelación del Dragón), conocida como Thuban. Aquel astro estaba realmente cerca de la línea del eje de rotación terrestre, en concreto a solo 10 minutos de ella (la actual estrella polar está a más de 50 minutos de arco). Thuban fue una estrella muy importante en su época. Sita a 309 años luz de la Tierra y con una magnitud de 3,6, su nombre procede del árabe «cabeza de serpiente». Los astrónomos chinos la inscribieron en sus anales de la época del emperador Huang Di, que reinó en el 2700 antes de Cristo.

Pero en realidad, decidir cuál es la estrella polar, aquella que apunta al norte, no era una tarea sencilla (ni sigue siéndolo). Los egipcios, grandes conocedores del cielo, debieron idear inteligentes herramientas para detectar los polos celestes. Incluso se piensa que utilizaron esos astros para alinear a las pirámides en dirección hacia el norte. Hace 4.500 años había dos estrellas muy cercanas al polo celeste, a menos de 10 minutos cada una: Kochab y Mizar. Cuando ambas se alineaban, una encima de otra, los astrónomos eran capaces de trazar una línea entre ellas que indicaba el norte más o menos de manera exacta. Pero tal alineación solo tuvo lugar durante unos pocos años alrededor del año 2.500 antes de Cristo. En cualquier otro momento, las mediciones podían dar lugar a sutiles errores.

Y es que el verdadero problema que residen en el polo celeste ha traído de cabeza a los astrónomos desde tiempos inmemoriales. Después de la construcción de las pirámides, la estrella polar se desplazó hacia la Osa Menor y fue aproximándose poco a poco hacia la posición que hoy ocupa.

En algunas épocas de nuestra historia no ha existido ninguna estrella lo suficientemente cerca del polo celeste como para ser considerada estrella polar como tal. La actual es una de las más brillantes que se hallan en el camino que va recorriendo el polo y por eso se ha ganado el puesto en el último milenio. Y así seguirá siendo hasta el año 3.500, cuando la línea imaginaria del polo pasará cerca de un astro aún más luminoso: la conocida como estrella alfa de la constelación Cephei. De nuevo, 3.000 años más tarde (alrededor del 6.500), el trono polar se lo disputarán otras dos estrellas menores de la misma constelación y hacia el año 7.400 recaerá en la llamada Sadr, (alfa Cygni). Esta será el astro polar más brillante de toda la historia, hasta que otra le arrebate ese honor.

¿Producen rayos las tormentas de nieve?

Por experiencia sabemos que no. Las tormentas eléctricas suelen ser un fenómeno propio del verano o la primavera, con ambientes más cálidos. Las invernales con nevada no suelen producir aparato eléctrico. En los meses en los que nieva la atmósfera es más fría y seca de manera que no se producen las corrientes de aire cálido ascendente que generan la fricción causante de las descargas. El viento agita un poco las moléculas y los cristales, pero rara vez consigue generar un campo eléctrico lo bastante fuerte para dar lugar a un rayo. Ocurren más frecuentemente al final del invierno y al inicio de la primavera por marcados gradientes de temperatura y vientos fuertes.

¿Gira la Tierra realmente más despacio cada vez?

La ciencia tiene datos fiables de la velocidad exacta de rotación de nuestro planeta. Desde hace 2.500 años, el ritmo al que giramos ha variado sutilmente: cada año, el día medio dura entre 15 y 25 millonésimas de segundo más. Realmente imperceptible para el ser humano. La medida adquiere otra dimensión si la contemplamos con la perspectiva de los siglos. Hace 400 millones de años, por ejemplo, el día terrestre no duraba 24 horas (en realidad un poco menos), sino 22 horas. Y por esa misma razón, el año no tenía 365 días, sino 400.