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Alberto Chicote: «Creí que la pesadilla en la cocina era yo, pero es al revés, eran otros»

Cocinero y presentador. Lo de «chef» fue primero, pero de rebote ha descubierto que tiene madera para situarse frente a la cámara. Auténtico, pasional y sensible son cualidades para las dos profesiones.

Es un hombre de barrio, de Carabanchel para más señas, y se nota. Simplemente imprime carácter, que no mal temperamento, y Alberto Chicote tiene. Fue y es cocinero antes de revelarse como un animal televisivo que se abre en canal en cada programa que hace, bien sea «Pesadilla en la cocina» o «Top Chef». Desde hace unos meses suma y sigue con su restaurante Yakitoro. Allí no necesita ningún Gordon Ramsay que le ponga firme a su equipo. Entre sus debilidades, la ópera, y el cine, en especial «La guerra de las galaxias». Que la fuerza le acompañe.

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–Lo de usted es un no parar. ¿No está empachado de tantos programas de cocina?

–No en mi caso, porque hago lo que más me gusta, que es cocinar. Tengo muchos proyectos y todos muy distintos: los programas de televisión, mi restaurante, donde tengo un equipo fantástico. ¿Qué más puedo pedir?

–Pero no me negará que para ser una celebridad de la televisión es un pluriempleado.

–Tiene razón, pero yo no me lo planteo como algo acumulativo o una ambición desmedida sino como retos que me voy planteando y que, afortunadamente, salen bien. Es una oportunidad de hacer cosas que me divierten. Sería un necio si no las hiciese.

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–¿Que tiene «Pesadilla en la cocina» para que se haya convertido en el sueño de cualquier cadena?

–Es un programa que engancha. Ofrecer a alguien una segunda oportunidad es muy gratificante. Y, ¿para qué engañarnos? A la gente también le gusta ver a otros pasándolo un poquito, pero sólo un poquito, mal. Cuando se empezó a hacer el programa creía que la pesadilla era yo y no: es al revés, eran otros. Para mí es una auténtica pesadilla, porque como empatizo tanto con la gente, el que se queda sin dormir después soy yo. Además, tiene una parte humana que me encanta, porque no es fácil ver a la gente reconocer sus errores, hacer una travesía del desierto y rectificar.

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–Tal y como están las cosas se podría hacer una «Pesadilla en una oficina», en un periódico, en un taller mecánico...

–Sí, pero tendrían que buscar a otros, porque yo de esas cosas no entiendo. De todas formas cada vez se lleva más la figura del asesor. Lo que ocurre es que no somos muy amigos de que alguien venga desde fuera para decirnos lo que estamos haciendo mal.

–¿La política es un desaguisado o le falta un hervor?

–No tengo ni idea. Siendo un tema que me interesa muchísimo, he decidido distanciarme. Me di cuenta de que independientemente de lo que yo pensase las cosas iban a ser igual, así que intento focalizar mis esfuerzos en las cosas que sé que puedo cambiar. Cada tres o cuatro meses me hago un circulito con las cosas que puedo transformar, y la política hace mucho tiempo que se quedó fuera.

–Le veo muy cerebral cuando yo creía que era muy visceral.

–No hago las cosas por impulsos, intento medir siempre las consecuencias. Es una pérdida de energía intentar resolver lo que no puedo. No es cuestión de darse cabezazos contra un muro para que éste no se caiga. Si se cae, vamos a pegarle duro, pero si no...

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–¿Qué menú prepararía para darle a todos los líderes políticos?

–Como imagino que para ponerse de acuerdo tendrán que pasar mucho tiempo sentados, les prepararía algo ligerito. Un gazpacho y mucha agua. Nada de vino ni cerveza. Si les doy algo pesado, se me duermen.

–¿Que un cocinero esté gordo da más fuste a su comida?

–Eso es una tontería. Mira Paco Roncero, que es un «runner» y tiene una estupenda forma física. No es mi caso porque yo apenas corro. Sólo voy al gimnasio de vez en cuando y monto algo en la bici. Pero ahora hay cocineros gordos y otros que son unos palillos. He oído a veces eso de «yo no me fio de un cocinero que no esté gordo». Pues es una tontería.

–¿Hay algún ingrediente con el que no haría nunca un plato?

–Hay bastantes que me dan «yu-yu». Por ejemplo, toda la casquería: las vísceras, las tripas, la sangre... No me gusta y como tampoco hay mucho público que tenga simpatía por estos ingredientes... Pues mira: me los quito yo, se los quito a los demás y todos tan contentos, porque si hago un pincho de higaditos de toro o de riñones de cordero seguramente los tendré que tirar.

–¿De dónde salen esas frases lapidarias del programa?

–Se me ocurren o las he oído, como «alucino pepinillos». Luego hay otras que son una pura comparación como «esto es un arma de destrucción masiva», «esto está más salado que el Mar Muerto» o «esto está más duro que el martillo de Thor», que se me ocurrió después de ver la película.

–¿Qué le da la saga de «La guerra de las galaxias»?

–Me he criado con ellas. Es un paisaje cinematográfico que acompaña toda la vida. A ver qué ha hecho J.J. Abrams, pero por lo pronto sale Han Solo. Vi un avance en Los Ángeles y la gente lloraba en la sala. Eso sí, mi personaje favorito es Deckard, el que interpretó Harrison Ford en «Blade Brunner». Eso es religión.