Las trincheras de Verdún

En esta localidad francesa puede decirse que se «sube» a primera línea, porque las trincheras están allá arriba, sobre los altos del Mosa, desde los que se domina la ciudad. Y esta podría caer en manos del enemigo...

En esta localidad francesa puede decirse que se «sube» a primera línea, porque las trincheras están allá arriba, sobre los altos del Mosa, desde los que se domina la ciudad. Y esta podría caer en manos del enemigo...

Esto es igual para los alemanes, por supuesto, también tienen que ascender para llegar a las posiciones de combate, aunque parece que ellos no emplearon el verbo subir. Pero además, participar en esta batalla también es un ascenso: quien no ha estado en Verdún no ha combatido en la guerra, dirán a menudo los veteranos después de la contienda. La «noria» de divisiones que llevará a gran parte de las unidades francesas a participar en la batalla en un momento u otro justificará la frase.

El proceso empieza siempre en algún lugar de la retaguardia, con el anuncio del viaje. «Se acepta Verdún como una píldora amarga que hay que tragar», dirá Louis Barthas. Otros ni tan siquiera se lo comunican a sus familias, para no preocuparlas. «Uno se siente como un animal que ha sido atrapado en una trampa», indica el soldado alemán Karl Rosner. Luego se llega a la localidad, y hay que ascender: «Nuestros hombres avanzan en fila india, con un bastón en la mano, sudando, resoplando, murmurando.

Cada dos por tres se agachan bajo los fogonazos que vienen de allá adelante, tropiezan con los tocones calcinados, caen en las grietas enfangadas del terreno, se levantan y siguen avanzando dificultosamente, doblados por la cintura, como aplastados por una cruz demasiado pesada», cuenta el teniente Jacques d’Arnoux. El soldado Georges Deleye dirá a su vez: «Al llegar al frente, de noche, ante el pueblo de Douaumont, las trincheras con las que nos encontramos están apenas excavadas. En cuanto a aquellos a los que veníamos a relevar, percibimos sorprendidos que siguen tumbados, sin interesarse por nosotros. Los miramos de cerca. ¡Están muertos! A toda prisa, excavamos para hacer más profundas las trincheras, para estar más protegidos cuando llegue el día, y para ir más deprisa colocamos ante nosotros, formando un parapeto, los cadáveres de nuestros camaradas». Esta, es la trinchera.

Y luego, viene el largo día a día, con la lluvia: «El agua gotea desde nuestros cascos, y un hilillo se cuela siempre bajo el cuello del capote [...] si intentarnos secarnos el agua de la cara con el dorso de la mano, solo conseguimos mojarnos más todavía. Penetrados por la humedad, auténticos montones de barro, caminamos como autómatas, resbalando y tropezando por las roderas»; el barro: «Buscando refugio, un hombre se lanzó a una trinchera, hundiéndose inmediatamente en el barro hasta la cintura. Pidió ayuda y dos hombres le tendieron sus fusiles, dos veces resbalaron, y acabaron por volver rápidamente a la columna, que seguía pasando muy cerca de allí, sorda a las súplicas del hombre, que se hunde lentamente, sin que nadie lo socorra»; el frío: «Todos patean el suelo con los pies para defenderse del frío, que es tan intenso que entumece incluso el pensamiento.

Toda nuestra comida está helada: pan, vino, café; las sardinas, que son casi siempre la base de nuestras comidas, forman con el aceite que las rodea un bloque sólido, que hay que descongelar con pastillas de alcohol»; y la locura: «Un soldado desnudo corría en medio de la noche, en una dirección o en otra, por el bosque de la Caillette, bajo las salvas de obuses. Se había vuelto loco de repente, y no dejaba de llamar a su madre».

Todo ello sin olvidar, por supuesto, los gases, el hambre, la sed o los bombardeos, tan intensos y tan constantes que convirtieron la historia de la trinchera de las bayonetas –la supuesta resistencia estoica de una unidad francesa que se dejó enterrar en su posición por la tierra levantada por las explosiones de los obuses, hasta que solo asomaron las puntas de dichas armas– en algo verosímil, aunque nunca sucedió.

Y, por fin, el ansiado retorno hacia Verdún, para descansar unos días antes de volver al frente, o para alejarse definitivamente de esta batalla, tal vez hacia otras peores «la corriente que desciende está feliz de estar viva, aunque febril todavía a causa de los últimos combates, cubierta de harapos, enflaquecida y cansada».

Para saber más:

«Verdún 1916»

Desperta Ferro Contemporánea, nº 13

68 págs.

7 euros

El gorro o la vida

En contra del extendido e incorrecto tópico del casco de cuernos, el tocado habitual entre los pueblos escandinavos de la Era Vikinga era un simple gorro
de lana. Pero ojo, debía ser muy preciado cuando el código de leyes islandés o «Grágás» (escrito en el siglo XII) disponía severas penas para quien arrebatara el gorro a otro: si el gorro carecía de correas, se aplicaría una multa; si contaba con correas pero se tiraba de él en la dirección del rostro de su posesor, la pena era el destierro; y finalmente, si contaba con correas y se tiraba de él en dirección a la nuca, la víctima estaba legitimada a matar a su agresor en represalia, pues se consideraba que había tratado de asfixiarle.