Ágatha Ruiz de la Prada llena de luz y color el South Summit

El South Summit 2017 de esta semana reunió un despliegue de ponentes internacionales de altísimo cachet, casi todos con ambiciones y esperanzas sembradas a base de «start ups» de emprendedores y sobresaltos consecutivos

Ágatha Ruiz de la Prada durante su intervención en el South Summit 2017
Ágatha Ruiz de la Prada durante su intervención en el South Summit 2017

El South Summit 2017 de esta semana reunió un despliegue de ponentes internacionales de altísimo cachet, casi todos con ambiciones y esperanzas sembradas a base de «start ups» de emprendedores y sobresaltos consecutivos.

Ante tan clara intervención extraterrestre en los asuntos de España, ante tal convulsión de los cimientos de nuestra democracia, los recuerdos de nuestro desfile pasado se quedan un poco irrelevantes. Las fantasiosas alucinaciones psicotrópicas que inspiraron nuestra colección de Primavera/Verano 2018 tendrán que esperar para otro momento. Por muy benevolentes que fueran nuestros amigos alienígenas al soplarnos parte de la colección, no es momento de insistir demasiado en su participación en los asuntos humanos. No queremos desconcertarnos.

Lo importante en estos momentos es mantener el optimismo, mantener la ilusión por nuestras perspectivas humanoides. Tal lo proponía María Benjumea y su equipo de jóvenes emprendedores, llenos de entusiasmo ante la posibilidad de cambiar el mundo (y generalmente para bien). El South Summit 2017 de esta semana reunió un despliegue de ponentes internacionales de altísimo cachet, casi todos con ambiciones y esperanzas sembradas a base de «start ups» de emprendedores y sobresaltos consecutivos. Desde Amazon a Morgan Stanley, del BBVA a Telefónica, del ICEX a la Comisión Europea o el Banco Mundial, desde Sothebys al Teatro Real, desde Ferrovial a UBER y Glovo, desde la Universidad de Cambridge al IE, y tantos otros más de promedio, estaban allí para hacer sus pequeñas y grandes aportaciones. Google tenía su propio cortejo y culto de devoción como el gran Prometeo de los emprendedores. Sus comienzos de incubación en la universidad de Stanford eran el recelo de todo soñador corporativo o independiente. La presencia de «los de Google» en cualquier cóctel o ponencia provocaba ondulaciones de fogosidad palpables entre el resto de los mortales.

Ágatha Ruiz de la Prada estaba excitadísima con todo el panorama. Había miles de cosas que hacer simultáneamente, conferencias, discursos, mesas redondas, concursos, presentaciones, reuniones, stands, cócteles, y fiestas, todas vinculadas al gran Summit empresarial. Por fin un par de días que estuviesen un poco más adaptados a su ritmo. Quería estar en todos lados a la vez, como no, y rápidamente había reclutado su equipo agathista para cubrir las cuatro esquinas del evento, insistiendo arduamente en no perderse ni la esquina más escondida. Nuestra empresa no necesariamente se consideraría una «start-up» y múltiples veces se me preguntaba qué hacíamos allí exactamente, la clave estaba en el ambiente. El optimismo, la energía y la juventud son estados de ánimo pegadizos, y para mantenernos relevantes nos encanta estar en centros de contagio en pleno furor.

Es verdad que en La Nave de Madrid (claramente en el colmo de la modernidad) se respiraba un aire diferente, un aire lleno de posibilidad. El olor del optimismo es difícil de describir pero es una delicia intoxicante en su estado puro, como el combustible de las gasolineras. Ráfagas de emoción, de entusiasmo y esperanza barrían el colorido hangar donde tantos habían depositado sus apuestas de futuro e ilusiones. Actuaban como gotas de sangre para cualquier tiburón creativo, ebrio de futuros alcanzables y promesas por realizarse. Entre los idealistas, inquietos y veteranos que se dejarían la sangre por competir en las aguas turbulentas y despiadadas del capitalismo moderno, estábamos el equipo Agatha Ruiz de la Prada. Cubiertos de estrellas y corazoncitos, de colores chillones de pies a cabeza, encarnábamos la posibilidad del éxito por ramales menos esperados. Lo importante –ante todo en esta vida– es el entusiasmo.

Se hablaba de algoritmos y de inteligencia artificial, de disrupciones verticales, laterales, horizontales y en zigzag, de las criptomonedas, de las nuevas redes de comunicación, de los hábitos del consumidor, de sus necesidades y deseos aún por conocer. También se hablaba de «hackear» el cerebro humano como gran fuente explotable de datos, el colmo de los fetichistas de la información. De los datos no se paró de hablar, del «big data» y pequeño data por el que estaba compuesto el tejido de la existencia moderna. Todo se podía predecir y adaptar a cada consumidor, sobre todo se podía llegar a suplantar la incómoda necesidad de pensar por uno mismo. El marketing digital y la personalización de las estrategias publicitarias te decían que pensar, de eso podrías despreocuparte. La complejidad de las nuevas tecnologías y nuestras expansivas formas de comunicación nos tenían atolondrados, pero el South Summit estaba aquí para iluminarnos. Agatha Ruiz de la Prada habló de la creatividad como ventaja competitiva con merecida autoridad y de la moda ante la era digital (sin insistir demasiado en cómo se enciende un móvil).

Todo esto me llenó de un optimismo infinito, no fue hasta el viernes por la mañana cuando fui a ver el nuevo estreno de Al Gore, «Una Verdad Muy Incomoda: Ahora o Nunca» (2017) en los estudios Paramount que me pregunté si serían suficientes nuestros esfuerzos. Por muchos discursos y promesas que habíamos hecho al respecto, no estábamos más cerca de resolver la amenaza más grande que nos afronta como colectivo –el calentamiento global, la subsistencia de nuestro ecosistema mismo, del planeta Tierra. Recomiendo que todos veáis esta película –personalmente salí indignada y le dediqué mi artículo entero a este cataclismo que se abalanza sobre nosotros, pero rápidamente se me recomendó no obsesionarme con temas tan serios. Simplemente os dejo con la ligera reflexión de que «los lugares más oscuros del infierno están reservados para aquellos que no hicieron nada en tiempos de crisis» (Dante Alighieri)...