Arlette Ricci, el deshonor del imperio

La heredera abandona el juzgado durante un receso en su juicio por fraude fiscal el pasado 16 de febrero
La heredera abandona el juzgado durante un receso en su juicio por fraude fiscal el pasado 16 de febrero

Acaba de ser condenada a tres años de prisión, uno de ellos en firme, por haber utilizado el HSBC de Ginebra para «disimular» al fisco 18,7 millones de euros a través de 10 cuentas

Arlette Ricci tendrá que pasar un año en prisión por fraude fiscal. De profesión «sus labores», según figura en la lista de clientes de HSBC, la nieta y heredera de Nina Ricci, fundadora de la casa de costura que lleva su nombre, poseía cuentas ocultas en la filial suiza del banco británico. La justicia francesa la ha condenado a tres años de prisión, uno de ellos en firme, y al pago de un millón de euros de multa por haber disimulado al fisco 18,7 millones en cuentas en la dicha filial a través de sociedades pantalla ubicadas en Panamá. El juicio se celebró entre el 16 y el 19 de febrero, y esta semana hemos conocido la sentencia. La gran cantidad de dinero ocultado y su falta de cooperación con la administración han supuesto para la rica heredera ser juzgada y condenada a prisión. Según su abogado, Jean-Marc Fedida, Arlette Ricci ha servido de cabeza de turco: «Se ha hecho Justicia bajo la presión frenética, brutal y los anatemas de la acusación. El objetivo de esta maniobra era claro: llevar a cabo un proceso con una cabeza de góndola lo más vistosa posible, como una especie de advertencia a todos los que puedan tener cuentas en el extranjero».

Sin embargo, las penas han sido mucho más leves de lo que pedía el fiscal: 4 años de prisión, dos de ellos firmes, y una multa de 3 millones. Y, a pesar de lo que anuncia el abogado, ha quedado probada la intención de defraudar a los servicios fiscales por todos los medios posibles. En febrero, varios periódicos internacionales hicieron públicas las famosas listas que Hervé Falciani, el antiguo informático de HSBC en Ginebra, había «recuperado» poniendo en evidencia las argucias y triquiñuelas de miles de ciudadanos adinerados procedentes de las cuatro esquinas del planeta para evadir impuestos. Pero el Ministerio de Economía y Finanzas francés disponía de ese fichero desde principios de 2009 (aunque oficialmente le fue transmitido el 9 de julio de ese año por el fiscal Eric de Montgolfier), y había estado trabajando todos esos años para pescar a los indelicados contribuyentes y ponerlos frente a sus obligaciones.

El ministro de Presupuesto, Eric Woerth, blandió en su día una lista con 3.000 nombres, pero al final sólo 86 cayeron entre las manos de la Justicia. Había abogados, marchantes de arte, empresarios o financieros, y, entre ellos, el caso más espectacular era el de Arlette. Su padre, Robert Ricci, había dirigido la empresa familiar hasta su muerte, en 1988. Heredaron la fortuna sus dos hijas, Marie-Françoise y Arlette, pero esta última, que nunca había jugado ningún papel de dirección en el seno del imperio familiar, cedió su parte de la Maison de Couture mientras que su hermana y el marido de ésta, Gilles Fuch, tomaron la dirección de la casa. Hasta que en 1997, la creación de perfumes de la prestigiosa casa fue adquirida por el grupo español Puig.

Durante todos estos años, Arlette Ricci ha ejercido como psicoanalista, novelista y escritora de teatro. Oficialmente, había invertido toda su herencia en el sector inmobiliario y en un seguro de vida en Luxemburgo. Pero gracias a los listados facilitados por Falciani, la policía descubrió que tenía, a través de una sociedad panameña, 9 cuentas en Suiza con un saldo de 16,7 millones de euros en 2007. Además, a través de otra sociedad en las Islas Vírgenes, su hija, que también ha sido juzgada, poseía 1,5 millones. Cuando en 2009 comenzaron a filtrarse detalles de la información sobre la nómina de HSBC, Arlette temió por lo que le pudiera ocurrir, hizo sus maletas y se instaló en una estación de esquí cerca de Davos, una zona que la familia conocía porque solían ir de vacaciones. Desde allí, decidió poner también al abrigo sus propiedades en Francia: una casa en la rue Chauchy, la misma calle donde vivió François Hollande con Valerie Trierweiler antes de llegar al Elíseo, y otra finca con piscina en Córcega, cerca de Bonifacio.Para alcanzar su objetivo, las dos fueron compradas por sociedades civiles inmobiliarias que después eran desprovistas de su valor gracias a un sistema de préstamo en el BNP Paribas de Ginebra. Según su abogado, se trataba simplemente de un montaje legal con vistas a reducir el impuesto sobre la fortuna y preparar su sucesión.

Secretos de familia

Sin embargo, para las Policía, este sistema se parecía demasiado a una operación de venta a sí misma. Algo que la propia Ricci confirmaría a los investigadores sin saber que tenía los teléfonos pinchados. «Creo que he hecho lo que había que hacer, y no he tenido noticias de Bercy (Ministerio de Economía y Finanzas), así que todo va bien», dijo en una de sus conversaciones, añadiendo que «han atrapado a todo el mundo menos a mí». Más adelante dejaba claro que tenía perfecto conocimiento de que lo que hacía no estaba nada bien: «Necesariamente, porque todo esto es ilegal». En 2011, dos años después de iniciadas las investigaciones, la policía desembarcó a primera hora de la mañana en el apartamento parisino donde vivía Arlette Riche, en el boulevard Saint-Germain. La mantuvieron detenida durante 48 horas, y al final fue inculpada por fraude fiscal, blanqueo de capitales y «organización fraudulenta de insolvencia». El juez pidió 5 millones de fianza, a la altura de los impuestos evadidos y de las eventuales penalidades.

Para el juez instructor no había duda: «Madame Ricci ha creado montajes sabiendo que formaba parte de los defraudadores fiscales que estaban señalados en las listas de los llamados ficheros Falciani, temía, y con razón, una persecución fiscal de la quería escapar de esta manera». Arlette no contaba con que su viejo amigo, el industrial Bertrand-Charles Leary, el mismo que le había presentado a un responsable del HSBC en Suiza y que se había ocupado de sus cuentas, iba a confesar. El banco proponía el montaje de sociedades «offshore» para garantizar el anonimato y evitar así la indiscreción de empleados o investigadores.

A sus 73 años, Arlette paga caro su empeño en «organizar su insolvencia». Los jueces no han quedado impresionados ni por su aspecto frágil ni por la revelación de los secretos de la familia: «Cuando murió mi padre, en 1988, yo sabía vagamente que había dinero en Suiza, sin duda porque mi madre, rusa y judía, había pedido a mi padre que lo apartara», comentó Ricci el día del juicio, «estoy muy impresionada de estar aquí», añadió. Según el tribunal correccional de París que la ha condenado, desde que heredó 18,7 millones de su padre, Arlette ha dado muestra «durante más de veinte años de una voluntad particularmente determinada» de ocultar ese dinero. Además de pasar un año en la cárcel y pagar un millón de multa, han ordenado la confiscación de sus casas de París y Córcega, estimadas en unos 4 millones. Y sigue con el fisco a sus talones: le reclama 6.745.004 euros de impuestos, más 3.543.044 de penalidades sobre el impuesto sobre la fortuna, y 200.000 de multa.