Historia

Chanel a borbotones

Después de su viudedad franquiciada, Jacqueline Bouvier se empleó en viajar por el globo, haciendo de los años que le quedaban por vivir un largo fin de semana. Ella siempre era el oropel. También en la tragedia y la devastación personal tenía un fulgor de distinción. Quizá de lujo angustiado.

A aquella Feria de Sevilla, al viejo Prado de San Sebastián con sus lugareños alucinados bebiendo vasos de vino blanco, a la plaza de toros, a las jacas y al albero, llegó como llegaba a todas partes después del luto. Ella se exhibía de fiesta en fiesta, de pueblo en pueblo, por perpetuar su propia dinastía de lo chic. Siempre como recién salida del útero de una fábrica de Chanel, con su cara de ánade real y la sonrisa congelada.

Jackie bajó del avión en el aeropuerto de San Pablo, y tuvo la sensación de que llegaba a otro planeta. Allí, al borde de la escalerilla, estaba José Utrera Molina, el gobernador civil de las viviendas. Y detrás, en alto norteamericano, el embajador Angier Biddle Duke, también a su servicio. Para cinco días, llevaba siete maletas amarillas y a un peluquero de guardia, Luis.

A cambio de cerrar los ojos de par en par, ella había logrado una vida de reina de las apariencias, siempre triunfante en el mostrador de las peluquerías mundiales y en aquel Versalles de mall que era la isla para ricos de Martha's Vineyard. En el viaje a París (1963) que el matrimonio Kennedy hizo para cumplir con el viejo De Gaulle, su macho se enceló: «Brilla demasiado. Aquí no he sido el presidente, sólo su gentil acompañante». Para satisfacer su hinchado gusto aristocrático, Francia la autorizó a llevarse «La Mona Lisa» del Louvre. El cuadro acabó llegando a Washington como quien trae los colmillos de un elefante de África. Para ella, la exposición de la obra de Da Vinci era la de su propia figura: una de incalculable valía decorativa que estaba viva y expuesta en la Casa Blanca.

Su tolerancia en el trueque matrimonial, le habría llevabo a aceptar que Mary Meyer, la amante más contumaz de J. F. K., hubiera compartido el refugio antinuclear del Gobierno en la Crisis de los Misiles. Aquella bravata suicida de los soviéticos y el joven Fidel contra los norteamericanos llegó al filo del trampolín y ahí, en el borde, el vértigo mundial la deshizo. Jacqueline ya lucía una dorada cornamenta y aunque se iba distanciando de John Fitzgerald Kennedy, había firmado la interpretación de madre y aplicada esposa hasta el final. Volvió a viajar con el presidente el día que la muerte salió a su encuentro en Dallas. La tercera bala reventó la parte derecha de la bóveda craneal de Kennedy; ella saltó del asiento trasero al maletero de la limusina presidencial (SS-100-X) y agarró aquel trozo de carne para zurcirla con las manos. Pero ya todo estaba escrito en la televisión americana, siempre más a mano y lucida que la gran Historia.

En abril de 1966, cuando sucedió este advenimiento suyo al trópico de la alegría sevillana, Jacqueline había declarado a la prensa: «Quiero que a John se le recuerde por el día de su cumpleaños, no por el de su muerte». La viuda tenía acordado con el viejo Aristóteles Onassis una vida de continuidad majestuosa a la de la viuda oficial de América. Una vida de feliz apátrida: de las boutiques de la Quinta Avenida a la Isla de Skorpios.