Del ventilador a las frigorías

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La semana que termina comenzó con la toga y ha seguido anclada pertinazmente a los juzgados igual que las almejas y los ostiones se pegan a los rompeolas. Hay quien prefirió comentar, no con poca malicia, la variada gama del ropero de la juez Mercedes Alaya mientras elevaba la voz a los oídos del respetable. Del martillo al yunque y del yunque al estribo, es inevitable rememorar a Tirso de Molina cuando sentenció que «la desvergüenza de España se ha vuelto caballería». La magistrada, armada con un sencillo ventilador, ha aterrorizado a no menos de medio centenar de grupas que van desde el Cabo de Gata hasta Finisterre. Ah, qué habría sido de Andalucía sin los ventiladores. El próximo mes de agosto, rebasado ya de sobra el 40 de mayo, se cumplirán seis años de la comparecencia de Eduardo Zaplana en la comisión que el parlamento regional perpetró para investigar, o así, los ERE. «No pongamos el ventilador», sugirió entonces a los diputados. Para él quizá fuera fácil. Más de uno y más de dos apostarían un meñique a que el ex ministro, más que con un abanico, se apaciguaba bajo un arsenal de frigorías en tanto agujereaba el techo de su casa, una especie de cueva de Alí Babá según las investigaciones conocidas. Una vez más, la semana ha estado vinculada a la información judicial. Del ventilador de Alaya se pasó a la mujer de Bárcenas, quien al parecer también tiene el poder de un botón que menea el detritus, vulgo mierda. La basura ha ido removiéndose día sí y día también: de los ERE a la Faffe, de la Gürtel a Bárcenas y de nuevo a su mujer, aspas de ida y vuelta, terminando con la citación de la Audiencia Nacional a cuento del 3% de Cataluña. La semana se inició con leves tibiezas y está finalizando con sofocos saharianos. Zaplana tenía razón. El ventilador no sirve ya de nada.