El día a día

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En medio de la campaña electoral más tremenda de toda la democracia, en medio de las mentiras históricas más tremendas, como la tan repetida y que se instalará definitivamente en los libros de texto catalanes, me refiero a aquella que habla que Cataluña fue un Estado, una nación casi 600 años antes de que España, ya que Wilfredo el Belloso, conde de Barcelona, así lo consiguió por el año 880. En medio de los sí pero no, o de los no pero sí de algunos partidos. En medio de que, aunque el 55% de los votantes no quisiera la independencia, la repuesta de los del sí es que se jodan. En medio de los nauseabundos mensajes que cuentan a los más necesitados que una vez independiente se acaban todos los males, entre otras cosas porque el dinero de Cataluña ya no tendrá que enviarse a Madrid para mantener a los vagos españoles y, sobre todo, a los andaluces, que lo único que saben hacer es divertirse en la Feria. Cuando la riqueza de Cataluña se ha forjado en gran parte sobre el sudor, la miseria y el trabajo mal pagado de muchos hombres y mujeres andaluces. En tantos «enmedios», conviene poner un poco de humor. Qué mejor que recurrir al maestro Ussía, que contaba ayer en un artículo delicioso que Jordi Sánchez –por cierto, el apellido es del Ampurdán de toda la vida–, que es presidente de la ANC, ama más a los atunes que a los españoles. No me extraña. Yo amo más a mi Anita, mi bellísima gatita, que a los catalanes, sobre todo a los independentistas. Pero las razones de mi amor son mucho más razonables. Mire Sánchez, con un atún la convivencia es imposible. Para vivir ese cariño en la cercanía tendrá que tenerlo en la bañera, donde el pobre acostumbrado al bravío mar de Zahara de los Atunes morirá de tristeza. Una vez aprovechados los morrillos y cenado varios días el correspondiente tartar con anisakis incluido –tienes que tirarlo medio podrido al contenedor más alejado de tu casa–, el tufo que suelta el cadáver es incluso superior al de los pies de Kiko Rivera. Qué feo final para tan gran amor. Sin embargo, mi gatita –aquí la tengo recostada sobre mis piernas mientras escribo estas líneas– tiene su rutina: sale por las mañanas un rato al jardín, vuelve a su habitación que me deja compartir con ella y duerme a mi lado sin molestar. Todos los días me demuestra su cariño, con sus topadas, es callada, no gasta y su educación es exquisita. Algún arañazo de vez en cuando, pero eso pasa en las mejores familias. Como verás, Sánchez, lo mío sí es un verdadero amor.