El regreso del astronauta

La pedrea del segundo escalón ha caído peor repartida, según la perspectiva de género, como las carteras ministeriales. Nombrados delegados del Gobierno y secretarios de Estado, la cuenta resulta casi 3 a 1 desfavorable al gineceo, y creciendo el diferencial conforme se saben los directores generales. Una excepción, que en este caso viene de excepcional, es la granadina María José Rienda, flamante presidenta del Consejo Superior de Deportes donde su mandato supondrá una doble novedad: primera mujer al frente de la institución y también primera que conoce la competición de élite, pues fue en otra vida esquiadora de alto nivel. Menos unanimidad ha causado el rescate de Alfredo Sánchez Monteseirín, doce años (infausto) alcalde de Sevilla, como delegado de la balbuciente Zona Franca hispalense. Su adecuación para el cargo es cortita tirando a nula, aunque supone la rehabilitación de otro de los enemigos íntimos de Susana Díaz. Su mentor (de ella), Pepe Griñán, lo eyectó del ayuntamiento mediante un teletipo, versión moderna y doblemente humillante del motorista, pero la vida da tantas vueltas, que ahora sale el ejecutado del ostracismo mientras se ennegrece a ojos vista el horizonte penal de su verdugo. A Alfonsito Celis, a estas alturas, le sienta el diminutivo como a un cristo dos pistolas: llámenlo don Alfonso y teman sus adversarios la determinación de no hacer prisioneros que muestra. Monteseirín querrá coincidir con Pedro Duque en alguna comisión interministerial para repetir, esta vez con propiedad, aquel memorable «nosotros los astronautas» que espetó en la rotulación de una calle llamada Astronomía. Debió cargar demasiado el carajillo aquella mañana y legó a la posteridad una pieza oratoria fantástica, en la que mezcló a Galileo con Aramís Fuster. Éste es el nivel.