Andalucía

Infanticidios

Son opiniones encontradas las que me asaltan cuando pienso en Blas Infante, el pomposamente investido, Estatuto de Autonomía mediante, como padre de la patria andaluza. Por un lado, cunde el asombro al comprobar que alguien haya alcanzado tamaña notoriedad con la extravagante mezcla de nacionalismo, fisiocracia y fe cripto-mahometana que agitó en su coctelera. Por otro, es obligado un inmenso respeto a la memoria de quien fue sumariamente ejecutado por uno de los bandos contendientes en la Guerra Civil sin otra excusa que la desavenencia ideológica, máxime cuando la vida le ha regalado a uno la dicha de conocer a su nieto, Alejandro Delmás, compañero apreciado y reportero admirable. «Conozco la Segunda Guerra Mundial como si hubiera estado allí», me espetó hace varios siglos a guisa de presentación el fenómeno. No se debe o no me da la gana, por consiguiente, frivolizar con una figura desde luego que demasiado manoseada por el poder juntero, pero a la que ni siquiera desde el más feroz jacobinismo –así, quien esto suscribe– se puede negar el mérito incuestionable de haber dotado a la región de una simbología común y de cierto sentimiento de pertenencia. La efeméride de su asesinato, pues sólo de tal cabe calificar su fin, la margina la Junta desde hace unos lustros por su enojosa incrustación en las vacaciones agosteñas, desidia comodona en la que no hay distingos entre regionalistas y centralistas. Este año, debido al cambio de régimen, hay quien se entretiene en poner la lupa donde antes hacía la vista gorda. Y sí: la expresión «muerto por fusilamiento» es patéticamente eufemística, pero se trata de un ridículo incurso por la izquierda de antes en igual medida que por la derecha de ahora. Si la oposición no dispone de una pólvora menos empapada, se le va a hacer eterna la espera.

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