Inquietudes

Albert Rivera (i) estuvo de visita esta semana en el Parlamento, acompañado por Juan Marín / Foto: Efe
Albert Rivera (i) estuvo de visita esta semana en el Parlamento, acompañado por Juan Marín / Foto: Efe

La onda expansiva del resultado de las elecciones no ha dejado de crecer desde que se conoció el reparto de escaños. Poco más de diez días, que con lo que están dando, parecen siglos de todo lo que ha sucedido. Qué lejos queda esa imagen de estupor de Susana Díaz rodeada de su séquito ante los micrófonos. Lejísimos, tan lejos que su nombre ha desaparecido de la escena donde ahora sólo se habla de Juanma Moreno y Juan Marín. Dos Juanes para un sillón en San Telmo los próximos cuatro años y el juez Serrano, «vox populi», diciendo aquí estoy yo para poner algo de tensión a las reuniones del PP-A y Cs. Que nadie se olvide sus votos, porque entre las acusaciones de populismo y ultraderechismo se dejan de lado los 12 señores en el Parlamento que han conseguido los de Santiago Abascal. Durante la última semana de campaña se jugó al cuento de alertar: que viene el lobo, que viene que nos come, pero sin querer tener en cuenta que ya estaba sentado a la mesa con el resto de la familia a la hora de la cena. Ahora los debates y conversaciones de barra se centran en intentar comprender qué hay detrás de esta formación nacida del descontento y hartazgo social. En gran medida, se trata del mismo filón del que se nutrió Podemos tras el 15-M, con la diferencia de que estos sí que han podido y pueden.

Cuando Albert Rivera le dice a sus colegas liberales europeos que no irá de la mano de los amigos de Marie Le Pen lo hace con la boca pequeña. Aunque intenta jugar al despiste, para que Susana Díaz permita que el «Gobierno del cambio» llegue con su abstención, sabe que deberá contar con el apoyo de Vox si de verdad quieren ver a la todavía presidenta en la bancada de la oposición. En este escenario, el histerismo y la esperanza se reparten a partes iguales, aunque es verdad que afecta a barrios distintos. Los casi 3.000 empleados de la Junta que tienen un cargo a dedo y los cerca de 25.000 empleados de la «Administración paralela» tiemblan cada vez que escuchan que van a hacer una limpia, a mirar debajo de las alfombras y anuncian que abrirán las ventanas. Cabreos y preocupaciones en tiempo de Navidad y gozo. Mal asunto, aunque muchos ya se preparan para parapetarse apelando a los tribunales en el caso de que les quieran quitar el sitio. «Despido ideológico», con sentencias favorables para el trabajador, es el mantra que se empieza a escuchar en los despachos de la Administración andaluza. Habría que pensar en su contrario, cuánto te echábamos de menos Heráclito, para entender entonces que también existirá entonces el «Contrato ideológico» por el que tantos han accedido a un sustento en la primera empresa andaluza.

Deberemos esperar a ver qué dejan los Reyes Magos de lo que ya se ha escrito en la carta. Cargos e instituciones existen para todos los gustos, es verdad, aunque en esta calma chicha los nombres de unos y otros sobrevuelan este o aquel escenario. «Hay mucha gente que se quedó en la cuneta en las pasadas municipales a la que hay que buscarle un hueco», confiesan con cierta amargura desde las filas del PP. Tanto se habla de entrar por fin en la Junta que se olvidan o minimizan que al final puede haber una opción en la que el PSOE-A se revuelva en el último minuto para frenar en seco el frente conservador que parece imbatible. «Creo que está bastante claro lo que va a pasar y hay que prepararse para las municipales», se lamentan en el PSOE-A, pero a la vez insisten en que se puede volver a llegar a un pacto «in extremis». Sobre todo para aislar a la ultraderecha de las instituciones. Como si no hubieran entrado antes. Merece la pena, en un ejercicio de memoria, buscar en la Red la intervención de Blas Piñar en la toma de sesión de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo para constatar que el programa de VOX no supone nada nuevo y que han cambiado muy poco las cosas en este país. Se lamentaba el líder de Fuerza Nueva de que en España «los fondos de reptiles compran la libertad de expresión». ¿Les suena de algo? Pues volvamos a la casilla de salida: 31-L.