La Historia derrumbada

Dice el himno oficioso de la provincia, que truena a la hora del despiporre en todas las bodas choqueras, que «Mi Huelva tiene una ría...» en la que reina desde hace casi un siglo, en la Punta del Sebo, una monumental estatua de Cristóbal Colón. No es inocente el adjetivo, monumental, porque ni los más rendidos a lo onubense, como quien esto firma, dejan de reconocer el déficit de construcciones de cierto interés arquitectónico que tiene esa ciudad que, en nuestra segunda juventud, nos enseñó que existía otro tipo de cine, que los amigos lo son para siempre aunque la vida nos separe y que los amores clandestinos dan, a esas edades, más gustito que los oficiales. Se viene abajo el monolito, leemos, entre la incuria de unos munícipes cuya desidia está plagada de (mala) intencionalidad política porque el denominado Monumento a la Fe Descubridora –horror–, donado por los Estados Unidos –aaargh–, es en sí mismo una panoplia de atentados contra la moral progre y la corrección política. La descomunal labor civilizadora (sí: CI-VI-LI-ZA-DO-RA) de España, en efecto, manó de aquellas aguas gracias al arrojo del Almirante de la Mar Océana y a las monedas (reales, ducados, excelentes...) de los Reyes Católicos, otro epíteto proscrito por la zurdera. No puede ser casualidad que haya sido un ayuntamiento socialista el que haya abandonado a Colón hasta el límite mismo del derrumbe ni el que haya dejado dormir durante toda la legislatura las gestiones para convertir el memorial en Bien de Interés Cultural. Avergonzarse de la propia historia es de lechuguinos; avergonzarse de la mejor parte de la propia historia es, verdaderamente, una idiotez. Pero es posible que al alcalde, Gabriel Cruz, sólo le salgan las cuentas de la reelección sumando el apoyo de los alérgicos a las epopeyas españolas.