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Mano al cuello

A menos de tres semanas para las segundas elecciones generales del año, en una precampaña alargada porque se ha acortado la campaña, no-me-llames-Lola-llámame-Dolores, Pedro Sánchez compareció en Huelva (36,96% de votos socialistas el 28-A) para fingir amistad con la sevillana (37,13%) Susana Díaz. Se le están empezando a torcer las encuestas, que tanto bien le auguraban, al presidente en funciones y ha acudido por eso al fondo de su más feraz granero, las dos circunscripciones más fieles al PSOE, para impostar su compromiso con la unidad de España: justo desde la esquina opuesta del mapa y tratando de que no se mosquee Miquel Iceta, el nacionalista catalán que lo sostuvo en lo más rudo del combate orgánico contra, singularmente, la federación andaluza. «Voy a echar una mano», aseguró, a la sultana trianera y todos los presentes musitaron «al cuello» porque si en pocas cosas es previsible y coherente el veleidoso Sánchez, una veleta movida por los vientos de sus intereses momentáneos, sí que es persistente en sus rencores: si lo incomodas un día, te odia para toda la vida. Nadie duda por ello, menos los que padecieron sus turbios manejos en el ominoso otoño de 2016, de su voluntad firme de aniquilar a su vieja enemiga en cuanto se haya asentado en La Moncloa. Y con más razón si es expulsado del poder, ya que diseñó a su medida los órganos partidarios para que se refugiaran sus fieles en caso de travesía del desierto. No es sencilla la posición de los socialistas meridionales, a quienes por supuesto que no interesa un mal resultado el 10-N... pero puede que les interese menos todavía la reafirmación en Ferraz del verdugo que lampa por decapitar a su cúpula dirigente. Mientras llega el veredicto de las urnas, venga a ponerle buena cara al señorito de Madrid en los mítines.

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