Mario quoque

La peripecia judicial de Ignacio Caraballo, el hombre de Susana Díaz en Huelva, quedará en los anales de la política como uno de los mil ejemplos del peligro que encierra el fuego amigo. Y, ojo, que no tiene ninguna pinta de inocente. Al secretario de los socialistas onubenses, justo en una de las pocas provincias que se mantienen (o mantenía) fieles a la lideresa –y donde, en honor a la verdad, el votante sigue respondiendo con victorias tan rotundas como las mayorías absolutas en el ayuntamiento de la capital y en la Diputación–, lo pescaron en 2016 comprando a dos concejales comunistas para apuntalar la mayoría en Aljaraque, una corporación de quinta fila. Disculparán los lectores el ramalazo de cinismo: una corruptela menor y repetida ad nauseam en nuestro maltrecho municipalismo, recipiente de todos los vicios humanos, que podría haberse dejado correr con la omertà habitual en el PSOE-A pero que Mario Jiménez, expulsado de la corte de San Vicente y por ello encabritado, se dispone a explotar para abrirle otro frente a su antigua jefa, a quien el calendario electoral en bucle mantiene por ahora en el cargo. Le vaya como le vaya a Pedro Sánchez el 10 de noviembre, sin embargo, su primer propósito de año nuevo será liquidar para siempre a su íntima enemiga, a la que va macerando con este escandalillo que le entra por poniente y a la que rematará en cuanto salga la sentencia de los ERE. Sólo Sevilla, así, permanece fiel a la trianera pese a la declarada rebeldía del nazareno Quico Toscano, uno de los alcaldes más votados que España, y al equívoco silencio de Juan Espadas, antiguo protegido de ella a quien en absoluto le importaría sustituirla como cabeza de cartel que intentase la reconquista del poder. A Ferraz le vale cualquiera menos una y no pararán hasta su laminación.