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Pateando patinetes

Las dicotomías de Sevilla, una ciudad dual permanentemente dividida por debates binarios, no se crean ni se destruyen. Como la materia, sólo se transforman. Partida en mitades desde los autos de fe contra el foco protestante de San Isidoro del Campo, o puede que incluso desde antes, los motivos se renuevan con los tiempos, ya saben: los tópicos Macarena versus Trianera, Joselito versus Belmonte, Semana Santa versus Feria, Mairena versus Caracol y, más recientemente, choco frito versus tataki o chalequito acolchado versus barba hípster. La virulencia de la rivalidad cainita entre sus dos grandes clubes de fútbol, sin embargo, sólo puede parangonarse en esta década con la diatriba entre los partidarios y los detractores del turismo, en la que este opinante participa férreamente alineado con quienes consideran que de algo hay que vivir, y mejor que sea del sector servicios que del crimen organizado o del subsidio permanente, únicas alternativas vistas la devastación del sistema educativo y la irrelevancia de la industria. Mi admirado colega Javier Rubio lo explica de forma gráfica: «Yo es que me asomo a la ventana y no veo ninguna chimenea de ninguna fábrica echando humo...». Por eso no conviene que el Ayuntamiento regale argumentos a los «turismófobos» que, preñados de razón, se quejan por algunos excesos del todo lamentables. Verbigracia, el aprovechamiento que las empresas de alquiler de patinetes eléctricos hacen de un vacío legal para infestar con impunidad vías peatonales y aceras por donde no pueden circular viandantes de movilidad mermada como ancianos o progenitores con carrito. Hasta en puertas de negocios y viviendas dejan los usuarios aparcados estos artefactos sin que la autoridad los sancione. Piden a gritos un acto de santo vandalismo, patada seca y problema resuelto.

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