Historia

Un museo de la II Guerra Mundialen casa

Un vigilante de seguridad custodia en su vivienda una veintena de uniformes utilizados en la contienda

José Fernández junto a varios uniformes y las estanterías donde guarda las piezas.
José Fernández junto a varios uniformes y las estanterías donde guarda las piezas.

No es un museo temático de la II Guerra Mundial ni un almacén de un ex combatiente. Es el piso de José Fernández, vigilante de seguridad que, en apenas unos metros, ha dado rienda suelta a una de sus grandes pasiones: el coleccionismo de uniformes y de objetos relativos al enfrentamiento que protagonizaron los aliados y las potencias del eje entre 1939 y 1945. En una de las estancias de su vivienda guarda una veintena de uniformes originales de los ejércitos alemán, británico, italiano y estadounidense, fundamentalmente, al igual que otras tantas prendas de cabeza, como cascos, gorras y máscaras antigás. En unos maniquíes exhibe las guerreras más vistosas, con sus correspondientes condecoraciones e insignias, y en unas estanterías muestra las gorras que lucieron los mandos en la contienda. Piezas que bien podrían formar parte de un museo militar, pero que Fernández guarda celosamente tras muchos años de arduo trabajo y una inversión incalculable.

«Desde chaval me gustaba mucho la historia de la II Guerra Mundial, los uniformes y las películas bélicas», asegura. Con el paso del tiempo «empecé a conocer gente que compartía esta afición» hasta que un amigo, que coleccionaba cascos de pilotos, le animó a crear su particular universo textil, que se complementa con otros objetos como baúles, banderas, fotografías y documentos identificativos.

La adquisición de un nuevo uniforme es un pequeño triunfo en su particular carrera de méritos. Empezó comprando fotografías y condecoraciones en los mercadillos, aunque la manera más habitual de engrosar la colección es a través de internet. «No somos muy dados a darnos publicidad, pero es un mundo maravilloso», subraya, puesto que «se celebran de vez en cuando convenciones, exhibiciones e incluso reconstrucciones históricas». Estos últimos eventos no son muy frecuentes en España, aunque «en Estados Unidos son habituales, conmemorándose batallas históricas con los uniformes originales que vestían los soldados».

Los precios se fijan en función de si las prendas están reconstruidas o permanecen tal y como quedaron tras la contienda. Los uniformes más caros suelen ser los del ejército alemán, en sus modalidades de tierra (Heer), mar (Kriegsmarine) y aire (Luftwaffe). Una guerrera de un soldado raso puede costar entre los 600 y 700 euros, mientras que el atuendo de un general llega a los 4.000 y 5.000 euros. De entre la gran variedad de piezas que custodia, Fernández le tiene un cariño especial a una gorra de un general del ejército español, concretamente de los Regulares. «Es un capricho de algún coronel que ascendió a general, pero no había gorras específicas para estos mandos», asegura. El mobiliario que utiliza es bien sencillo: vitrinas de Ikea y algún que otro maniquí de tiendas en liquidación. «Todo bajo llave, por supuesto». Eso sí, dada la falta de espacio, va cambiando los trajes de sitio, guardando unos y exponiendo otros, para renovar los contenidos de cara a la visitas de amigos y familiares.

De momento, no ha pensado en exponer las piezas en un lugar más amplio y accesible. «Habría que buscar un sitio perfectamente acondicionado, con varias vitrinas para la exposición y con un mínimo de medidas de seguridad». Su esposa, de momento, le permite este hobby y con eso se conforma. Pero los problemas surgen cuando viaja y planea los lugares a visitar: «Nunca perdono entrar al museo militar correspondiente». Ya lo dijo Rafael Gómez «El Gallo»: «Hay gente pa to».