Vivir a caballo

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Decía el Coronel Alois Podhajsky, Director de la Escuela Española de Equitación de Viena, que «más que otro arte, la equitación está en unión íntima con el arte de vivir. Muchos de sus principios pueden, en todo tiempo, servir de reglas de conducta». Y es que, contemplar el mundo desde la silla de un corcel, nos hace tener una visión distinta de la vida. Más poética y contemplativa. El caballo es un mundo de apasionados, de frases filosóficas. «Pedir con frecuencia, conformarse con poco, recompensar mucho», decía el maestro luso Nuno Oliveira. Porque, en palabras del Centauro de la Puebla, «al caballo no se le enseña pegándole, sino corrigiéndole. No se le corrige asustándolo sino confiándolo». En toda la tierra, existen tantas razas como secretos o formas de domar un potro y montar. Hace muy pocos días nos dejó uno de los jinetes más importantes que hayamos conocido. Joaquín Olivera Peña fue uno de los padres de esa forma de montar que se practica, desde hace décadas, en los campos de Andalucía: la doma vaquera. Nueve veces campeón de España en esta disciplina, luchó por mantener siempre la pureza de nuestra tradición ecuestre. Era discreto, serio, agradable en el trato, y siempre podías escuchar de su boca alguna anécdota curiosa o algún consejo lleno de sabiduría. Su vida fue el caballo y fue grande, también, por los conocimientos que supo transmitir gracias al amor que sentía por este animal, que le llevó a conocerlo y a perfeccionar su técnica para que la sumisión se convirtiera en prueba de amistad y de armonía. «Cuando la confianza está ganada, la obediencia es ley», decía. Estoy seguro que Joaquín ya se habrá reencontrado, en marismas celestiales, con su yegua «Centenaria». Descanse en paz, maestro.