Misión esperanza

La Razón
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Cada vez que estrenamos año desempolvamos el viejo gabán de la esperanza. Sin polvo luce como la primera vez, como un vestido sin uso, guardado allí donde solo puede entrar el polvo. Y ¿qué es el polvo más que aire, algo más que nada? Aire y polvo en suspensión son lo más parecido a nuestros pensamientos, que están por todas partes y se quedan donde menos los necesitamos.

Lo que menos necesitamos para empezar el año es pensar que nos va a ir peor o mejor, que va a consolidar o invertir la tendencia ya incoada en años anteriores. La esperanza no es optimista ni pesimista. Es la que es. Cada año es uno más y otro nuevo, a la vez. Los mercaderes del optimismo ya han llenado portadas de diarios con cifras contra el desencanto y frases para la galería. Y los demás, los que no tenemos nada que vender ni dinero para comprar, ojeamos los diarios con el escepticismo de siempre.

El optimismo se vende. El pesimismo se regala. No en vano se siente cargado de razón el que asegura: "yo no soy pesimista, soy realista". La realidad no es un producto a la venta, cuyos efectos necesitan demostración. La realidad es la que es; no está a la venta sino a la vista. El mundo es un gran escaparate. Por eso, antes de entrar dentro, conviene ver lo que se puede comprar.

Y es que, para comprar lo que sea, hace falta dinero. También para comprar optimismo. Pero, a los que no lo tenemos, nos gusta ver el escaparate del mundo. Que nuestros ojos, espejo de nuestras almas, puedan mirar lo que otros no saben porque solo saben gastar. Y, una vez gastado, dejar que el polvo lo cubra. Desempolvar, devolver la luz: he aquí, un año más, otro año nuevo, la misión-esperanza. Nada más.