60 años de aventuras

Francisco Ibáñez celebra el aniversario de su creación más popular, «Mortadelo y Filemón», que se mantiene joven y relevante

Francisco Ibáñez y sus criaturas ayer en el hotel Casa Fuster a punto de soplar las velas de su gran pastel
Francisco Ibáñez y sus criaturas ayer en el hotel Casa Fuster a punto de soplar las velas de su gran pastel

Francisco Ibáñez celebra el aniversario de su creación más popular, «Mortadelo y Filemón», que se mantiene joven y relevante.

Enrique Méndez siempre fue un amante de las historietas . Con 34 años recién cumplidos, una mujer, dos hijos, un perro, una casa que necesitaba una nueva caldera y un aburrido trabajo en un banco, tenía mil cosas en qué pensar, pero cada día pasaba antes por el quiosco. No sólo compraba todo lo que llevase dibujos impresos, sino que los coleccionaba y guardaba religiosamente. Puede que los demás lo viesen como cosas para niños, pero él no permitía que nadie tocase sus joyas, y menos sus hijos.

Un 20 de enero de 1958 cambió su vida para siempre. Como de costumbre, pasó por el quiosco antes de ir al trabajo y compró, feliz y nervioso, el último número de la revista «Pulgarcito». Cada ejemplar que caía en sus manos era como devolverlo a su infancia. Cuando llegó al banco se encerró en su despacho, pidió a su secretaria que no le pasase llamadas, y empezó a leer. De pronto, se tropezó con una nueva viñeta que no había visto nunca. Se llamaba «Mortadelo y Filemón, agencia de información». Presentaba a dos personajes de aspecto grotesco, que parodiaba a una pareja de detectives tipo Sherlock Holmes y Watson, mezclados con el Gordo y el Flaco. El dibujante era un tal Francisco Ibáñez.

Le encantó la nueva pareja. En las otras historietas, tenías que esperar a la última viñeta para tener el gag final y poder reírte, pero aquí había risas por todas partes. Méndez ya no reía nunca, salvo cuando estaba a solas con sus cómics. Pero había algo más que le unía a esos dos torpes y entrañables personajes, aunque no sabía decir qué era.

A partir de ese día coleccionó todos sus números. Sentía tanta unión con Mortadelo y Filemón que le molestaba la popularidad que ya tenían, como si fuese algo suyo que no quisiese compartir. Lo cierto es que era algo irracional y a medida que ganaban popularidad, él sentía cada vez más rabia y extrañeza. Por ejemplo, empezó a notar que algunas personas se reían de él al mirarle, y reconocía al instante que era la misma risa que él tenía cuando leía sus aventuras.

Un día, llegó a su casa y su hijo pequeño, que por entonces tenía ocho años, le hizo una pregunta que le dejó atónito. «Papá, en el colegio dicen que eres Mortadelo». Su primer instinto fue empezar a gritarle, porque sabía que no se lo habían dicho como un elogio, pero miró la ilusión del chaval al decirlo, como si cruzase los dedos para que fuera cierto, y se contuvo. «Cariño... shhhh, es un secreto. No se lo puedes decir a nadie», afirmó y el niño se fue a jugar a su cuarto com si hubiese crecido dos metros de golpe. Su hijo no creía en Papa Noel, pero creía que su padre era Mortadelo. A partir de ese día, le dejó leer todos los números que guardaba del personaje y se los explicaba como si los hubiese vivido. En realidad, sí lo había hecho.

El impacto cultural y popular de «Mortadelo y Filemón» no se puede medir, pero el hecho de que hoy se cumplan 60 años de su primera aventura y que mantengan vigencia y el cariño del público, dejan claro que estamos ante un fenómeno único. La efeméride bien merecía una fiesta y el hotel Casa Fuster fue el escenario escogido para celebrar a los espías más descerebrados y divertidos de la historia. Enrique Méndez y su hijo, ya creciditos, estaban allí.

Su creador, Francisco Ibáñez, fue el encargado de soplar las velas de su espectacular pastel, rememorando cómo nacierons sus hijos más universales. «En realidad, no tardé ni un mes, ni una semana, ni un día en crearlos. En aquellos tiempos te ponían una hoja en blanco y tenías que salir con algo al instante. Así que sí, Mortadelo y Filemón fueron cosa de minutos», afirmó el dibujante.

En una conversación con el actor Carlos Areces, gran coleccionista, como Méndez, de sus aventuras, Ibáñez explicó sus años heroicos en Bruguera y cómo se metió él en los cómics. «Había un quiosquero debajo de mi casa que para que no le robaran los cómics llevaba cajas a mi casa para guardarlos ahí. Yo, sin abrir los pliegues, los leía todos. Todavía me duele el cuello de girarlo tanto para poder verlo bien», señaló el creador de Rompetechos, 13 Rue del Percebe, el botones Sacarino y un larguísimo etcétera.

Dibujante precoz, Ibáñez publicó su primer dibujo a la tierna edad de once años. Era un gracioso indio por el que recibió un premio de un duro, una fortuna para un niño de entonces. A los 15 ya firmaba en diferentes publicaciones. «A mí me gustaba mucho el cine y todos esos cortos de Harold Lloyd, Jaimito, Charlot, que iban intercalando gag detrás de gag, sin que importase nada el mensaje. Lo que se pretendía era entretener. Y ese fue mi ambición, en lugar de esperar a poder reír al final, hacer que el lector se riera en todas partes», recuerda Ibáñez.

como ser cupletista

Desde ese 20 de enero de 1958, la vida de este dibujante se ha llenado de aventuras editoriales que hoy recuerda con una sonrisa. Por ejemplo, se ha enfrentado en multitud de ocasiones con la censura. «Me acuerdo cuando en “13 rue del Percebe” me hicieron borrar a una especie de doctor Frankestein y su criatura porque decían que sólo Dios, como sumo hacedor, podía dar vida. O el día en que una madre furiosa me escribió quejándose porque en un número salía Mortadelo de espaldas y desnudo enseñando el culo», dice divertido.

Ibáñez afirma que nunca ha querido hacer crítica social o política, y si habla de temas de actualidad se limita a un simple cuestión «comercial». «Si el lector se tropieza con cosas que conoce. Es como si va al huerto y puede arrancar lechuga fresca. Eso la hce más atractiva», señala el creador , a punto de cumplir unos bien llevados 82 años. «Cuando les dije a mis padres que quería ser dibujante, me miraron como si les hubiese dicho que quería ser cupletista. Ellos querían el trabajo en el banco, la seguridad. Yo me lo he pasado bien», concluyó Ibáñez.