Unamuno en el desierto

Con «Mientras dure la guerra», película que se estrenó el pasado viernes, su autor Alejandro Amenábar, nos encontramos ante un relato sobre los primeros meses de la guerra, pero sin la presencia de la guerra. No es ésta una historia de batallas en armas y enfrentamientos con fuego sino de batallas ideológicas. Y en el centro del huracán está Miguel de Unamuno con sus contradicciones, con sus luces y sus sombras, con su amor por sus ideas en constante evolución, cambiando en función de las turbulencias del tiempo nada fácil en el que vivió.

Miguel de Unamuno, aquel a quien su compañero de generación Antonio Machado ponía a la misma altura que Miguel de Cervantes y Miguel de Molinos, ha pasado a la historia por su enfrentamiento con Millán-Astray, tal vez una metáfora de la ubicación que tuvo siempre el escritor. Fue en la soledad de su desierto particular donde vivió y convivió, sin concesiones, sin dejarse llevar por cantos de sirena que habrían hecho su vida más cómoda. No, Unamuno tomó partido por sus propias ideas, por la encrucijada en la que instaló su pensamiento.

Hubo también en el intelectual un deseo manifiesto de comprender y hacerse comprender, aunque el viento no fuera a su favor. Buena prueba de ello es su apasionado epistolario con Joan Maragall, su particular manera de tratar de entender lo que era la realidad catalana. La discrepancia entre los dos hombres es evidente en ese puñado de cartas, pero lo que nadie puede es que ambos autores, pese a que se vieron personalmente en contadas ocasiones, mantuvieron una estrecha relación con un diálogo abierto entre Cataluña y Castilla. Hoy suena todo esto a ciencia-ficción.

No estaría mal que alguien rescatara ese epistolario, hoy solamente localizable en alguna librería de viejo. Unamuno es aún hoy una buena medicina intelectual.