125 años de meriendas en la Puerta del Sol

La Mallorquina supera el centenario de vida abriendo dos nuevas tiendas: una en Hermosilla y otra en El Rastro.

Una imagen de febrero de 1936, meses antes de la Guerra Civil, muestra a los madrileños haciendo cola en La Mallorquina. Foto: Cristina Bejarano
Una imagen de febrero de 1936, meses antes de la Guerra Civil, muestra a los madrileños haciendo cola en La Mallorquina. Foto: Cristina Bejarano

La Mallorquina supera el centenario de vida abriendo dos nuevas tiendas: una en Hermosilla y otra en El Rastro.

Es 1894. Las primeras líneas de tranvía cruzan la plaza. Los únicos coches visibles son a caballo y todavía quedarían 20 años para que la red de metro viera la luz. En el número 8 de la Puerta del Sol, tres empresarios, Balaguer, Coll y Ripoll, acaban de trasladar una pastelería que ya poseían en la calle de Jacometrezo. En honor al origen balear de Ripoll es bautizada como la Mallorquina. Y hace honor a su nombre: ensaimadas y sobrasadas pueblan sus escaparates. Pero también ofrecen novedades nunca vistas antes en la capital, como el tortel catalán, los surtidos de bombones... y el hoy imprescindible roscón de Reyes. Confiteros franceses importan creaciones del país vecino, mientras que los camareros con frac aportan un aire distinguido al local.

Es 2019. Ha pasado un siglo y, entre medias, han merendado en alguna de las dos plantas del local personalidades de la talla de Ortega y Gasset, Pío Baroja, Pérez Galdós o Juan Ramón Jiménez, siendo el escenario de animadas tertulias. De hecho, el tortel y el café eran la opción favorita del autor de «Platero y yo» y merecedor del Nobel. Por el camino, a finales de los sesenta desembarcaron sus ya célebres napolitanas; en los setenta, las trufas... Hoy ya no hay tranvías y sí automóviles, la mayoría taxis, porque el resto de vehículos tienen el acceso restringido. Multinacionales tanto de comida rápida como de repostería le hacen competencia tanto en la Puerta del Sol como en la calle Mayor... Pero ahí sigue, pese a que los comercios tradicionales se cuentan con los dedos de una mano. La Mallorquina cumple 125 años y lo hace con una salud envidiable. Ese olor a bollería recién horneada, que ha logrado incrustarse como un elemento arquitectónico más de Sol, llegará a dos nuevas tiendas: una en Hermosilla 30 y otra en el Rastro y que sólo abrirá, al menos por el momento, los domingos. Eso sí, como reconocen los actuales propietarios, se han reducido los niveles de azúcar y ya hay a la venta cruasanes veganos. Los tiempos, y sobre todo los hábitos, cambian.

«Si hoy celebramos este aniversario es gracias a los empleados de La Mallorquina y a los ciudadanos de Madrid», afirmaba ayer Ricardo Quiroga, director general de este local y descendiente de la familia Quiroga, que junto a la familia Gallo adquirieron el local tras la Guerra Civil. El nombre en hierro del local y el icono de la muñeca rosa con delantal que hoy vemos se lo debemos a ellos. «Si nos mantenemos es porque hemos sabido cumplir las exigencias de los consumidores, manteniendo la tradición pero también evolucionando», añadió. De hecho, recordó que el máximo responsable del obrador, con 25 trabajadores a su cargo, tiene 39 años. En total, la cadena cuenta con 90 empleados.

«Recuerdo cómo bajaba Sara Montiel las escaleras del local, con sus pieles, con ese estilo... También vi a Antonio Banderas, Felipe González...». Quien habla es Isabel Díaz Zazo. Empezó a trabajar en La Mallorquina en 1973, con apenas 16 años, en principio para tres meses. Han pasado 46 años y sigue en el local, ya como jefa de personal. Sí, la tradición sigue vigente. «Tenemos clientes que vienen desde hace más de 40 años, procedentes de todo Madrid, solo para merendar», dice. Pero constata que las nuevas generaciones también acaban «cayendo» en la tentación de las trufas y las napolitanas: «Los chavales comen su menú de McDonalds y, después, se vienen aquí para el postre».