Historias de Cataluña(S): Así ha dividido el independentismo a las familias catalanas

El ex presidente de Sociedad Civil Catalana, el profesor Fernando Carrera y el músico Sergio Makaroff, entre otros, ponen voz a la fractura en las familias, los trabajos, las mesas de Navidad... la sociedad.

El ex presidente de Sociedad Civil Catalana, Josep Ramón Bosch, junto a su mujer, Elisabet Colom, dirigente de Convergència y del PDeCAT

El ex presidente de Sociedad Civil Catalana, el profesor Fernando Carrera y el músico Sergio Makaroff, entre otros, ponen voz a la fractura en las familias, los trabajos, las mesas de Navidad... la sociedad.

En la Cataluña actual, con el anterior gobierno investigado por los presuntos delitos de rebelión, sedición, malversación de fondos públicos y etc., con unas fuerzas de seguridad cuyos mandos podrían haber actuado como policía política, con unos medios de comunicación, públicos y privados, engrasados con ubérrima prestancia al servicio de la causa al tiempo que sus trabajadores posan con vitola zapatista, y etc., la gente trata como puede de evitar ciertos charcos. Siquiera durante un rato. A pocas horas de la Navidad la única forma de salvar las cenas consiste en segregar una suerte de mutismo selectivo. Algunas personas, en realidad muchas, están entrenadas: el silencio ha sido patrimonio de esa mitad de ciudadanos catalanes, generalmente castellanoparlantes, usualmente urbanos.

Uno de los que no calló fue Josep Ramón Bosch. El que fuera presidente de Sociedad Civil Catalana opina que la situación social «está muy complicada, aunque se van restañando algunas heridas, pero es indudable que el día después del 1 de octubre se produjo una rotura importante a nivel familiar, de amigos, en los trabajos, etc. Basta con ver los grupos de WhatsApp, cuando el 2 de octubre salió a relucir el odio larvado, presente en muchos grupos de amigos... durante meses habíamos soportado los mensajes, las banderas independentistas, sin decir nunca nada». Entonces el 1 de octubre se rompe algo en Cataluña. Sí, y luego ya, a partir de la manifestación del 8 de octubre los catalanes que no somos independentistas, por fin, empezamos a alzar la voz. La gente estaba harta de callar, y por fin salimos del armario, y a partir de ahí la ruptura ha sido tremenda. El 1 de octubre marcó una línea muy importante en las relaciones personales y familiares».

Cuando Bosch habla de las relaciones más cercanas, sabe de lo que habla. «Mi mujer es catalanista, Elisabet Colom, es directora de una escuela pública, dirigente de Convergència y del PDeCAT. Nosotros tenemos muy buena relación. Llevamos casados veinticinco años. Y sin embargo ella ha sufrido mucha presión de su ambiente laboral y personal. Que por qué estaba casada con un no independentista y así. Puede decirse que ha sufrido más que yo. Ha roto con muchísimas amigas de toda la vida, por ejemplo con su mejor amiga, por defenderme. Pero después del del 1 de octubre su círculo de amistades no entendía que su marido estuviera, uh, defendiendo al unionismo, así lo llaman, y que defendiera a un Estado que agredía a gente que sólo quería votar».

Bosch confiesa que también tuvo «un momento de ruptura con mi hermana pequeña. Ella también es independentista. Son de Esquerra Republicana, ella y mi cuñado. Ahora se ha rehecho la relación, pero hubo un periodo, mes y medio o dos meses, que dejamos de hablarnos. Así están las cosas en Cataluña».

¿Y cómo fue el tránsito de su mujer, que estaba en CiU, al independentismo? «Mi mujer no era independentista, aunque era soberanista, era de Convergència, presidenta de Convergència en Sampedor. Ha sido teniente de alcalde y concejal y en 2013, en un momento determinado, y no sabría decir los motivos, los porqués, pero recuerdo que un día me dijo que España nos roba y que no creía en España y que la corrupción es española y nos están robando muchísimo dinero y viviríamos mejor sin ella y que Cataluña merece ser independiente. Este proceso, corto en realidad, que va del soberanismo al independentismo, ha sido fruto de muchos años de adoctrinamiento, pero germinó de forma masiva en 2012 y 2013 en una inmensa mayoría de catalanoparlantes».

De catalanoparlantes. «Sí, sí, de hecho se puede decir el independentismo es casi exclusivo de los catalanoparlantes. Tienen un sentimiento de agresión contra la lengua y la cultura catalana. Este pueblo, Sampedor, es casi 100% independentista. No hay ningún concejal ni del PSC, ni del PP ni de Ciudadano. Todos son de Esquerra, de la CUP y de lo que era Convergència, y esta es, claro, una Cataluña muy rica. Porque aquí se vive muy bien. El índice de paro es casi cero. Es un pueblo industrial y rural al mismo tiempo, con un nivel económico altísimo. Y sólo ves esteladas».

Fernando Carrera, profesor y tertuliano, responde que «obviamente te encuentras con gente con la que puedes hablar y gente con la que no. Y en nuestras casas pasa exactamente lo mismo. Yo por ejemplo soy de una familia de gente que se siente española y muy catalana, y de hecho con una parte de la familia hablo en catalán, mi lengua materna es el catalán, y luego hay otro lado de la familia que es tremendamente independentista, de los que se fotografían con la estelada cada vez que van por ahí, y claro, aparte de familiares con los que puedes confrontar ideas, y a veces puedes tener confrontaciones fuertes, hay familiares con los que no puedes hablar del tema. Y haciendo una extrapolación al conjunto de la sociedad, pues nos encontramos en un punto complicado. De hecho hay un programa en el que participo, con público, y muchas veces sufrimos por los enfrentamientos del público, porque la gente se pelea y hay que cortarla porque a veces tenemos miedo que se líe en el plató. Curiosamente entre los tertulianos nos llevamos muy bien, no hay problemas más allá de la confrontación intelectual, pero el público... uf».

Espera Carrera unas navidades movidas. «En nuestro caso estará todo tranquilo porque una de las cosas que hemos aprendido para llevarnos bien es a no tocar el tema demasiado». O sea, que es un tabú. «Sí, un tabú, pero como las consecuencias de hablar pueden ser tan negativas... Así que yo no puedo hablar de lo que hago, bueno, todos sabemos que salgo en la tele y tal, pero ya. Y hemos normalizado esto. Hemos normalizado que no se puede hablar de política, porque hablar de política supone una pelea. Yo empecé hace poco en las tertulias, y he notado un cambio tremendo en mi vida. Se me acerca gente para intentar rebatirte o discutir conmigo. No entendí lo que había hecho hasta que empecé a recibir montones de mensajes de gente llamándome valiente, y me acordé de una frase de mi abuelo, que decía que los cementerios están llenos de valientes, y piensas, ay, dónde nos hemos metido».

Sobre todo porque la televisión tiene un poder de irradiación enorme. No es lo mismo escribir un libro (en su caso, «Las mentiras del nacionalismo catalán»), que salir en antena: «Colaboro en TV3, en TVE, en Catalunya Radio, o sea que estoy un poco en todas, y soy bastante duro en mis razonamientos, quizá porque como es un debate muy irracional y trato de esgrimir razones pues se vuelven un poco locos cuando oyen según qué cosas. Y el entorno condiciona muchísimo. Siempre lo digo. Normalidad, normalidad... a ver, a mí la gente me insulta por la calle. También hay otra que se te acerca y te felicita y te dice que qué bien lo que dices, hasta otros que te llaman hijo de puta por la calle. Lo normalizas cuando llevas un tiempo en la tele, pero no es agradable. Y desde luego no es normal».

No le basta con las tertulias. También rueda algún vídeo casero. «Sí, bueno, hice un vídeo en la autopista, cuando cortaron la autopista con los tractores. Venía de León, de presentar mi libro, y me pilló la retención. El vídeo llegó al millón de visualizaciones, y en mi barrio, donde he vivido toda mi vida, la gente se encaraba con mi madre porque había hecho eso vídeo. Hubo una pelea en el barrio, por ejemplo, entre una frutera y la dueña del bar de al lado, porque una de ellas decía que yo no podía ser de ahí, que seguro que era andaluz, y la otra le respondía que no, que como andaluz si soy del barrio de toda vida. Como si un catalán no pudiera decir lo que yo dice. Pero al final, para los independendistas, eres de aquí o no en función de lo que piensas, no de dónde has nacido».

Para Josep Ramón Bosch, conviene no olvidar que «el nacionalismo ocupa los territorios que fueron carlistas. Cuanto más carlismo en el pasado más radicalidad hoy. Siempre pongo el ejemplo de Berga, que fue la residencia del Conde de España, donde estuvieron los cuarteles generales del carlismo, donde hubo levantamientos constantes durante el siglo XIX, y ahí, hoy, tiene mayoría absoluta de la CUP, y la oposición es Esquerra. Es decir, la radicalidad más extrema. Claro, una ciudad como Verga, cuna del carlismo, que esté en manos de los más radicales del independentismo, deja muy a las claras que España vive una guerra del siglo XIX que no ha terminado. El integrismo religioso y radical se ha transmutado en esta Cataluña rural, tan cerrada, en un nuevo radicalismo, y el Dios, Patria, Fuero y Rey ha pasado a ser Patria, la Estelada y el nuevo líder, y el eje vertebrador de todo esto es la lengua, que unida al victimismo retroalimenta una campaña de formación del espíritu nacional orquestada por la Generalidad y Jordi Pujol de forma maestra».

Lo asombroso es que, tanto en Cataluña como en el País Vasco, esa izquierda nacionalista es, claro, izquierda reaccionaria. «Ah, pero también fue en Berga y el Alto Llobregat donde la CNT tuvo un amplísimo poder, donde prenden los movimientos libertarios». ¿Puede hablarse de dos Cataluñas enfrentadas? «Cataluña está dividida hasta de tres formas distintas. El independentismo domina el interior y el unionismo las zonas costeras; el independentismo las clases altas y el unionismo entre las bajas y populares; el independentismo entre los catalanoparlantes y el unionismo entre los castellanoparlantes. Tres divisiones, tres fracturas en Cataluña muy difíciles de coser. Geográfica, económica y lingüística».

En fin, digámosle el señor García Martínez. Hagámoslo en atención a los dos apellidos más comunes de Cataluña. Pero podría ser López Sánchez, el tercero y el cuarto. O Rodríguez Fernández, quinto y sexto. En realidad podemos elegir entre los 12 apellidos más comunes en el resto de España, que siempre saldrán los 12 más populares de Cataluña. Y habría que viajar hasta el puesto 26 para encontrar un apellido, digamos, catalán. Lo dice Idecast, que certifica que hay que 169.946 García y 497 Puigdemont. García Martínez, entonces, y así evitamos represalias. «Es preferible. Si se puede evitar poner mi nombre, mejor». ¿Y dónde trabaja? «No sé, pon que una empresa del metal, que es algo muy amplio». Estupendo. Al grano. ¿Existe fractura social en Cataluña? «Vamos, no tengo ninguna duda. Para los que vivimos aquí es evidente. Lo observas todos los días. Es un tema que no puedes tocarlo con algunas personas». ¿Y ellos, los partidarios de la independencia, pueden hablar sin miedo a conflictos?

«Así era, así fue hasta el 8 de enero, con la manifestación de Barcelona, donde quizá nos quitamos las caretas. Fue un punto de inflexión, pero hasta entonces la gente callaba, y si hablas pues sabes que puedes perder amistades. Hace no tanto nos reunimos un grupo de amigos, y cuando salió el tema uno de los amigos acabo marchándose. Lo están viviendo de una forma tan emocional que en cuanto se sienten atacados, en cuanto intentas razonar, se bloquean y ya está. Es un dogma». Eso si no te llaman fascista. «Una palabra bastante corriente aquí. Mira, se adueñan de Cataluña y de los catalanes. Su discurso es claro. Ellos son los catalanes. El resto somos parias». Y no admiten nada. Y juegan sucio. «Estoy seguro de que si el resultado no hubiera sido este, lo habrían embarrado. No me cabe ninguna duda. De hecho ya lo tenían preparado. Igual que el día de referéndum, que fue algo totalmente provocado».

Preguntado por los hipotéticos problemas en su familia, si hay o no enfrentamientos, responde que «afortunadamente dentro de nuestra familia somos claramente constitucionalistas, y no hay problema. Pero a mí me ha decepcionado la sociedad catalana. Llevo 45 años aquí. Nunca había tenido problemas. Me parecía una sociedad avanzada, a la vanguardia, y con esta situación... No han abierto la puerta y no han salido a la calle. Llevan la boina calada por debajo de la nariz». Tiene claro que si su vida fuera otra ahora mismo viviría fuera. Pero están los hijos, el trabajo, los padres...

Otro de los indignados es el rockero Sergio Makaroff. Todos en pie. Se trata de uno de los grandes compositores y letristas del rock and roll, argentino o español, universal, de los últimos 40 años. Que son, más o menos, los que lleva afincado en Barcelona. El autor de discos asombrosos como «Un hombre feo», «El invento del rompehielos» y «Mis posesiones», socio y amigo de Ariel Rot y Andrés Calamaro,

Explica que «la diferencia entre izquierda y derecha trata, teóricamente, de cómo organizamos y gestionamos el capitalismo, pero aquí estamos en un momento excepcional, se trata del avance del fascismo, con un adoctrinamiento basado en mentiras y basado en la subversión completa del lenguaje, y cuando dicen democracia dicen lo contrario, cuando hablan de libertad hablan de falta de libertad, todo es al revés, de hecho, para entender lo que quieren basta con darle la vuelta a cuanto dicen. Llaman fascistas a los que queremos cumplir la ley, y ellos, que la violan, son los patriotas. Y todo esto no tendría mayor importancia si sólo fuera un grupo de hipnotizadores en un circo ambulante, pero es que han convencido al 47% de la población, y ese es el problema».

«Mira», dice Makaroff, «yo no soy nada patriota, el patriotismo me la trae floja, soy jipi, poeta, soy un patriota de todos los universos, del big bang, de antes del big bang, de después, de arriba y de abajo, y de los universos posibles y hasta del multiuniverso, ahora, me he vuelto muy español en defensa propia al ver el avance de toda esta locura». Ya pueden comprobar que Sergio no tiene miedo. «No, claro que no. No soy cliente suyo. Bien, he perdido a un par de amigos, con los que en realidad ya no tengo muchas ganas de verlos, digamos que les he perdido un poco el respeto intelectual. Y he borrado a 200 personas de Facebook. Gente que se decía independista y que te dicen que están a favor de la libertad. ¿Pero nos hemos vuelto locos? iSi puedes hablar lo que quieras, puedes votar a quien quieras! Además, ¿miedo? Pero si yo estoy en la mayoría. Si los no independentistas somos más». Y usted, toda una vida ya en esta tierra, se siente decepcionado. «Sí. Me ha desilusionado esto respecto a Cataluña. Claro que queda el 53% de la gente, pero ese otro 47%... A mí me gusta la gente inteligente. Mis amigos son inteligentes. Y nunca pensé que habría tanta gente tonta en Cataluña. Qué le vamos a hacer. A veces me dan ganas de irme. Pero tengo ataduras. Nos hemos comprado una casa. La familia de mi mujer es de aquí. No podemos irnos, pero... yo tenía a los catalanes en mejor estima, el seny, ese cosa de que eran diplomáticos, sensatos, laboriosos, trabajadores, y ahora mira. Pero ojo, se lo digo a la cara. Me da igual lo que digan. Tengo a España detrás».

Pero ellos tienen un relato casi blindado. Que juega a todo. A enquistarse en el poder y a posar de revolucionarios. «El caso más manifiesto del doble juego del independentismo», responde Josep Ramón Bosch, «fue la famosa huelga general del 3 de octubre. Quienes a mí me impidieron bajar a trabajar no fueron los obreros de la Seat, que estaban trabajando en Martorell, sino los directivos de la Caixa habían cortado la Diagonal, con lo que te encuentras con una de las situaciones más grotescas que existen en pleno siglo XXI, es decir, esa gente de alto poder adquisitivo que plantea una huelga patriótica, y bueno, están dispuestos a perderlo todo menos el bienestar económico, y mientras exista un relato ilusionante por parte del independentismo, y no haya otro igual por parte de España, y hoy no existe, pues el independentismo será mayoritario».

«Por supuesto que hay fractura», comenta Albert García, «amigos que han dejado de hablarse por motivos políticos. Hace un rato estaba hablando con mi padre, mañana tenemos cena de familia, y quedamos en que no habláramos de política durante estas fiestas para no entrar en conflictos. Es tremendo, claro. De todas formas hasta que la gente no lo note de manera sensible en su bolsillo, hasta que no vean que la situación empeora, es complicado. Sólo se fían de sus sentimientos. No razonan. Y la repercusión en la gente de la calle tardará unos meses en notarse. Yo, por ejemplo, soy asesor de empresas y ves cómo la cosa se está torciendo. De hecho salíamos de la crisis y la tendencia se ha invertido totalmente... En vez de sumar, y avanzar entre todos, y progresar, y tratar de conseguir un estado más justo y con más bienestar social, pues todo lo contrario, el mundo va hacia la globalización y aquí lo contrario, hacia la fractura».

«Lo peor», musita Fernando Carrera, «es que hay una parte dispuesta a todo. Ayer estuve discutiendo con el director de vilaweb. Le decía si le parece normal llevar a cabo una independencia unilateral con un 47% de los votos, o un 52%, me da igual, y me decía que por supuesto, que es algo muy normal, y encima me respondía que cómo con un 50% que quiere irse puedes obligarle a vivir donde no quieren. Piensa que, por ejemplo, para cambiar la ley de TV3 te piden dos tercios. Al final estamos en un ridículo intelectual tremendo. Y ése es el gran drama. Tienen capacidad de hacer gobierno, y están volados. Y en cuanto a la fragmentación y la polarización es que te lo niegan. Niegan la fractura social, que haya gente que pelee en su casa, etc. Te lo tienes que tomar con humor porque sino acabas tocado». ¿Cómo era?

Ah, sí, Feliz Navidad.