La obsesión por tener playa

Mad Beach es el último intento de dotar a la capital de arena y ambiente surfero y esperan crearla en los Jardines del Descubrimiento. Pero ni mucho menos es una novedad, Madrid ha tenido sueños marineros desde hace más de 400 años.

Uno de los proyectos del concurso de ideas para la playa de Madrid Río
Uno de los proyectos del concurso de ideas para la playa de Madrid Río

Mad Beach es el último intento de dotar a la capital de arena y ambiente surfero y esperan crearla en los Jardines del Descubrimiento. Pero ni mucho menos es una novedad, Madrid ha tenido sueños marineros desde hace más de 400 años.

Los madrileños del secano mesetario, siempre hemos tenido sueños marineros, pero sólo hemos podido navegar por el estanque del Retiro, el lago de la Casa de Campo, o de forma breve, por el tramo urbano del río Manzanares. Nuestro litoral más cercano está en Valencia, por eso Madrid, desde hace más de 400 años, ha querido tener puerto de mar y playa urbana. Todo comenzó cuando el ingeniero, Antonelli, en 1581, presentó un proyecto para dragar todo el curso del río Tajo, desde Lisboa hasta Toledo, y dar caudal de agua suficiente al Jarama y al Manzanares, y de esta manera, a través de la construcción de esclusas, hacer posible la navegación de buques hasta el puerto de Madrid. De esta primitiva idea, hasta la última novedad para situar en la plaza de los Jardines del Descubrimiento, un complejo playero. De momento ya hay «vigilante de la playa»: el marino Cristóbal Colón, que desde la atalaya de su monumento, oteará el espacio de asfalto ocupado por una pileta de agua dulce, con olas artificiales, hamacas, camas, chiringuitos, camas balinesas y juegos playeros. Aquí, por fin, después de más de cuatro siglos, parece que sí habrá playa.

El primer proyecto, en 1581
En la corte de Juan II de Castilla, hacia 1420, se barajó por primera vez la posibilidad de resolver los problemas orográficos que presentaba Madrid, y de esta forma conseguir que, a través del Tajo, Madrid tuviera salida al mar. Pero la idea era demasiado avanzada para la ingeniería de la época, y no pasó de ser una utopía. Nos situamos ya en año 1581. Madrid era capital de España desde veinte años antes, y una de las pocas capitales de Europa que no contaba con un río suficientemente caudaloso para hacer posible la navegación comercial. El ingeniero Juan Bautista Antonelli hizo una propuesta al monarca, basada en la filosofía de que nuestra ciudad tenía todo el protagonismo en el orden político y administrativo, pero Sevilla era la capital financiera y comercial, por estar conectada al mar a través del río Guadalquivir. Por eso, sería muy conveniente unir ambas capitalidades, y eso pasaba por convertir a Toledo en «puerto de mar». Para ello habría que dragar todo el curso del Tajo, desde la capital lisboeta hasta la ciudad Imperial, y de esta manera, hacer posible la navegación de buques. El proyecto incluía dar caudal suficiente a los ríos Jarama y Manzanares, mediante un sistema de esclusas, para que, de esta manera, los barcos pudieran llegar hasta la zona del puente de Toledo. No era fácil tomar una decisión, por ser muy costosa económicamente, y muy arriesgada. Tras muchas indecisiones, el proyecto pasó al olvido, tras la muerte de Antonelli, primero, y de Felipe II, después, su heredero, Felipe III, no estimó oportuno retomar el proyecto, sobre todo, porque en mente tenía trasladar la Corte a Valladolid, como así hizo.

Otro intento: el Canal de Manzanares
Con la llegada de los borbones, se vuelve sobre la vieja idea, dado la necesidad que Madrid tenía de contar con vías de comunicación rápidas que permitieran contactos fluidos con América y con otras ciudades europeas, además de proveerse de materias primas para abastecer las exigencias de una ciudad en crecimiento, operaciones que por tierra era muy difícil llevar a cabo. Pese a ser conscientes de las dificultades económicas y materiales de esta aventura, un empresario audaz, Pedro Martiengo, se comprometió a llevar a cabo las obras a su costa, a cambio de ciertos privilegios: tener la exclusividad en la construcción de los canales de navegación y hacer navegables los ríos por treinta años, en veinte leguas de Madrid, por la parte de Oriente, Mediodía y Poniente, y siete leguas en las corrientes del río Manzanares, desde Madrid hacia el puerto de Guadarrama.

Las obras del primer tramo para hacer navegable el río, se realizaron en 1770. Al proyecto se le llamó Canal del Manzanares. Discurriría paralelo al cauce por su margen izquierda, desde el paseo de Yeserías hasta la plaza de Italia. En la parte central, se instalaría un embarcadero, edificios de talleres y almacenes. El Canal habría de pasar a la margen derecha, antes de llegar a Vaciamadrid, para discurrir paralelo al Jarama e incorporarse al Tajo en las cercanías de Aranjuez. Se construyeron siete de las diez esclusas previstas, cuatro molinos y se dispusieron 18 barcas de transporte. El Canal se abastecería a través de una derivación junto al puente de Toledo. Tres años después de construirse el primer tramo, llegaba ya hasta Perales del Río, con 21 kilómetros de recorrido. En tiempos de Fernando VII ya hubo que ejecutar obras de reparación. En torno al Canal surgió una importante industria relacionada con materiales de construcción, papel, pólvora, caolín para porcelanas, y hasta de gusanos de seda, con destino a la Real Fábrica de Tapices. Pero esta obra tenía fecha de caducidad. En 1830 comenzó a ser abandonado el faraónico proyecto. En 1847, Pascual Madoz relata que, con dificultades, sólo pudo ser navegable hasta la década esclusa, y ya en 1851, se decide renunciar al proyecto, que fue cegado por completo en 1859. Sobre su curso se abrieron los paseos de Yeserías, Chopera y Molino. Y surgió la sagacidad de los madrileños, que acuñaron el dicho de: «El Canal de Manzanares pocos barcos saca a mares».

Aún hubo otro intento de retomar la idea, cuando en el año 1909, el arquitecto Fungairiño, presentó un nuevo proyecto, cuyas obras llegaron a iniciarse, pero no pasó de ser una utopía sin recorrido.

Segunda intentona en los años treinta
En 1932 se proyectó el denominado «Conjunto Playa de Madrid», cuyas obras concluyeron en 1934. Era la primera playa artificial de España, sobre una extensión de 500.000 pies cuadrados. Los ingenieros Conde y Tintoré, construyeron una presa para contener las aguas del Manzanares. Además de la zona de playa, habría pistas de tenis, atletismo y patinaje y edificios para restaurante, vestuarios y frontón. Pero, durante la guerra civil la presa fue volada y se produjeron daños en las instalaciones, lo que obligó a su reconstrucción, iniciada en 1947. Se amplió el recinto de ocio para abrirlo a las clases más populares. Así, en 1955, se inauguró el Balneario Popular del Manzanares, que después cambiaría su nombre por el de Parque Sindical Deportivo Puerta de Hierro. El proyecto del ingeniero Alfredo Semelas, preveía la construcción de una playa para 5.000 bañistas. En 1959, la ampliación llegó hasta la carretera de El Pardo, y se construyó la piscina pública más grande de Europa (7.258 m2 en sus tres vasos), a la que popularmente se la conoció como «la charca del obrero», además de campos de fútbol y otras dotaciones deportivas, que es lo que actualmente conocemos como Parque Deportivo Puerta de Hierro, pero nada que ver con la playa deseada.

Otros proyectos fallidos

La capital nunca ha perdido la esperanza de tener su playa artificial. Durante la etapa de Ruíz Gallardón como alcalde, y dentro del proyecto Madrid Río, se construyó una playita junto al parque de la Arganzuela, de 11.930 metros cuadrados de superficie, sin arena, ni olas, con dos grandes fuentes de forma oval a ras de suelo, surtidores y pulverización para refrescarse, así como sombrillas y tumbonas. En el año 2015, la sociedad Surf in the City, presentaba un proyecto para inaugurar, un año después, el complejo Wet Madrid, sobre una parcela de propiedad municipal de 103.000 metros cuadrados de superficie, situada entre la M-11 y la M-40,en el distrito de Hortaleza. El complejo contaría con 20.000 m2 destinados a playa, con una laguna artificial con capacidad para 149 surfistas, olas artificiales de más de dos metros de altura, junto a otro espacio de 25.000 m2 de zonas verdes, juegos infantiles, vestuarios y cafetería.

El Ayuntamiento dio luz verde a este proyecto por entender que era una alternativa de ocio diferente en la ciudad y podría ser un atractivo para el turismo. La junta municipal de Hortaleza, aprobaba un decreto por el que se admitía a trámite el estudio de viabilidad. La adjudicación del terreno municipal se haría por concurso público, con un plazo de explotación de 40 años, prorrogables hasta un máximo de 75. La promotora del proyecto, Surf in the City, estaba dispuesta a invertir 10 millones de euros.

Pero las cosas cambiaron cuando se produjo el relevo en el gobierno municipal, y Ahora Madrid tomó las riendas del Consistorio. A pesar de existir un informe que era favorable, la subdirección general de Régimen Jurídico realizó otro que resultó negativo, argumentando trabas establecidas en el Plan General de Ordenación Urbana del 1997, y que hacía incompatible la laguna de olas artificiales con la normativa vigente. Y Madrid perdió la oportunidad de contar con un proyecto de ocio único, una zona playera. Más de 400 años esperando una playa imposible.