Más de un centenar de personas acampan en Madrid para reclamar un lugar donde vivir

Al menos 10.000 personas se han quedado sin vivienda en los últimos cuatro años.

Algunas de las tiendas de campañas instaladas desde hace días en Madrid. Foto y vídeo: Esperanza Fernández
Algunas de las tiendas de campañas instaladas desde hace días en Madrid. Foto y vídeo: Esperanza Fernández

Al menos 10.000 personas se han quedado sin vivienda en los últimos cuatro años.

Cerca de 130 personas desahuciadas se encuentran viviendo en tiendas de campaña frente al Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad reivindicando una situación más justa para ellos. Justo a los pies de la tienda de campaña número 20 del Paseo del Prado hay dos pares de zapatillas viejas, desgastadas, que denotan que su propietario ha pateado las calles de Madrid en busca de un trabajo, de comida o de aseo o de las tres a la vez; otra, está sin numerar, tiene un felpudo de césped artificial sobre el que luce una pequeña plantita que empieza a brotar a modo de bienvenida para hacer de la entrada un lugar más cálido y acogedor; y la número 17 está provista hasta de un tendedero en el exterior con ropa y varias mantas mojadas colgadas bajo un sol sofocante. Todas las tiendas pertenecen a una persona en concreto, o a varias, pero en todas se puede leer el mismo mensaje reivindicativo que se antoja más como un grito ahogado que como una oportunidad real: «Nadie sin hogar».

Manu, de 29 años, es el germen de un campamento (así lo llaman ellos mismos) de alrededor de 130 personas desahuciadas frente al Ministerio de Sanidad que buscan un poco de atención institucional, además de un trabajo medio estable que les permita respirar. «Me echaron de mi casa en noviembre; me quedé en la calle con mi mujer y mi hijo de 4 años [...] Trabajaba de camarero y un principio de infarto me internó en un hospital un mes. Al salir ya no tenía curro», comenta el joven. Lo peor de vivir en la calle es la incertidumbre al mañana; por la noche no hay seguridad ni amparo, y el no saber si habrá comida o no consume los ánimos de los vecinos: «Ayer comimos 12 personas, pero la mayoría de días no como. Yo vine con 90 kilos y peso 68: en la calle he perdido 22 kilos [...] ¿Comer hoy? Pues... No lo creo».

Manu fue el primero, aunque no es el único. Vanesa tiene 37 años y está embarazada de mes y medio; aparte, ya es madre de dos hijos que viven con su padre biológico. Lo hacían con ella, pero una situación de maltrato con otra pareja posterior que se agravó con el tiempo la condenó a la calle y la despojó de sus retoños. Palizas, agresiones, violencia verbal. Todo. A raíz de ello solicitó una ayuda: «Ahora mismo estoy cobrando 430 euros del RAI; quiero encontrar una habitación económica para irme con mis críos pero, si no, tendré que marcharme a un centro de madres solteras y cuidarlos allí. ¿Tenerlo en la calle? Jamás; no quiero que me lo quiten». Vanesa cuenta con una pulsera de proximidad de estas que suenan cuando el maltratador se acerca a una distancia considerada como peligrosa; ya ha sonado más de una vez, interrumpiendo nerviosamente su plácido sueño.

Awal tiene 42 años, es natural de Ghana pero lleva en España 15. Cuando sale de su tienda lo hace de espaldas, gateando; en la mano izquierda sostiene «La colmena», uno de los libros más emblemáticos de Camilo José Cela; y en la derecha, una pequeña pero gruesa ramita de árbol: con eso se lava los dientes porque no tiene otra cosa. Mientras habla, aprovecha para coger un cepillo y limpiarse los pantalones porque, dice, «hay que ir presentable a buscar trabajo». Era cofrade, pero la llegada de la crisis le sumió en la pobreza y una desafortunada vuelta de su país natal (perdió todas sus pertenencias, incluida la documentación) le arrojó a la nada: «la calle mata», dice apesadumbrado. «Eres una persona normal, quieres tener una vida corriente, una familia como la de cualquiera, pero en la calle... ¿Qué haces? Esto da para pensar mucho».

Javier, de 58 años, es «el abuelo» en boca de todos los que viven en el campamento. Tiene una enfermedad degenerativa –poliartrosis además de un «supuesto» trastorno esquizoide– que le hace ver torpón a la hora de caminar. Es de los que «mejor» está: cobra poco más de 1000 euros por la pensión de invalidez, pero su estado de salud le impide llevar una vida normal: «El Estado considera que cobro mucho para ser pobre y no me facilita un hogar social [...] Si me tengo que ir a un piso y pagar 600 euros de alquiler, 600 euros de señal y 600 euros de comida... No me llega». Ha tratado de buscar alguna alternativa pero, por H o por B, nunca han salido bien: «He pactado estancias por meses con hostales para que redujesen la tarifa, pero al tiempo acabaron por echarme. Si encuentras uno que te deje utilizar la cocina, has tenido suerte; lo normal es que no pase y no exista ni la posibilidad de cocinar».

A Manu le gusta hacer cábalas: «Si por este cruce pasan 15 personas al minuto y todas dejasen 10 céntimos, tendríamos todos para comer tres veces al día». Ese «todos» es sustancialmente importante: aunque entre unos y otros puedan existir diferencias, al final no deja de ser una especie de comunidad donde todos (sobre) viven. Uno, por ejemplo, corta el pelo a sus compañeros en el centro del Paseo mientras que otros debaten sobre las drogas, la política o el calor que hizo la noche anterior y otro se incorpora a la conversación después de un paseo en bici. Todos se encomiendan a lo mismo, a la solidaridad, porque, en palabras suyas, «es lo único que queda».