Ecologismo no contaminante

En 1979, se fundó en Alemania «Die Grünen», Los Verdes, el primer partido abiertamente ecologista –y pacifista– europeo, cuando todavía una ciudad contaminada era sinónimo de avance y Washington y Moscú estaban en el punto de mira de los misiles, a uno y otro lado del Muro. Su ideario, expresado con seriedad y convicción por Petra Kelly, una funcionaria de la UE reconvertida en activista y fallecida violentamente en 1992, se basaba en que el desarrollo industrial sin límite lastraría el progreso y haría a la humanidad rehén de sus propios avances. Todavía el mundo era analógico. Cuarenta años más tarde, en 2019, este partido gobernaba en coalición con Angela Merkel y los socialdemócratas del SPD y a nadie se lo ocurrió decir que los socialcristianos de la CDU eran fieles defensores de la emisión de dióxido de carbono por un insaciable impulso de defender al capitalismo, mientras la izquierda tenía en su ADN fundacional vivir en prados verdes y respirando aire puro, aunque los mineros estuviesen dispuestos a extraer hasta la última veta de carbón, así le pesara a las energías renovables. Sin duda, la agenda del cambio climático ha entrado en la política partiendo de un hecho innegable: los efectos del calentamiento global se han dejado sentir por primera vez en países altamente desarrollados. El observatorio Germanwathch ya sitúa a Alemania y Japón en los primeros puestos del Índice Global de Riesgo Climático.

De nada sirve, por lo tanto, que un actor con cierta sensibilidad política, aunque con escaso sacrificio personal, se convierta por un día en activista y aplique el mismo método de sectarismo izquierdista de culpar a la derecha del calentamiento global, lo que sería como responsabilizar a la electrificación de la URSS en aras del bienestar de sus ciudadanos y el comunismo de la crisis climática actual. Javier Bardem no es desde luego la mejor elección para explicar al mundo un problema tan serio en el que no bastan ni las dotes actorales ni levantar el puño, y que afectará al futuro de las naciones, sobre todo a las que están en vías de desarrollo y deben decidir entre una economía sostenible basada en actividades que tengan en cuenta el medio ambiente o sencillamente subsistir. Bardem insultó en presencia de Greta Thunberg al alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, ciudad que acoge con eficacia la Cumbre del Cambio Climático, con un despreciativo «estúpido». Sobra decir que el único que se denigra es él, haciendo, además, un flaco favor a una causa que requiere líderes y activistas con un corazón más limpio de ideologías contaminantes. En definitiva, acabó convirtiendo una protesta global en una pelea localista en la que se aplica el mismo sectarismo e intolerancia de siempre, se hable de lo que se hable.

El actor pidió perdón, pero dejó en evidencia una manera de entender el ecologismo en el que se aplican meros estándares ideológicos, sin entrar en los detalles. Es necesario hacer pedagogía y hacerla sin el resentimiento guerracivilista de siempre. Lo importante es saber que España, en tanto que región mediterránea, es especialmente sensible al cambio climático, ya que en esta zona la temperatura sube un 20 por ciento más deprisa que la media mundial. Ya se ha incrementado un grado y medio y la previsión es aumentar 2,2 grados más en 2010, lo que hace prever que más de 200.000 personas pueden sufrir inundaciones costeras en las próximas tres décadas. Sin alarmismo, pero con medidas claras, el problema debe ser abordado. Está el ejemplo de Merkel, que ha puesto sobre la mesa un plan de 54.000 millones de euros. Su objetivo es reducir para 2023 las emisiones de gases de efecto invernadero un 55 por ciento en comparación a 1990. Es decir, política más allá de la ceguera ideológica.