¡Qué bien se lo pasan sus señorías!

Es indudable que el acuerdo europeo es un balón de oxígeno para Sánchez y que los aplausos intentan visualizarlo como una gran victoria.

La opinión de Francisco Marhuenda.
La opinión de Francisco Marhuenda.La Razón

La unidad es una palabra que se utiliza mucho en política, pero que se aplica en contadas ocasiones. La verdad es que queda muy bien. ¿Quién no quiere unidad? Luego se impone la cruda realidad de los intereses partidistas, así como las simpatías y antipatías personales. Hay gente que no se traga o incluso se odia. Por supuesto, están, se digan o no, los vetos e incompatibilidad entre formaciones. Es fácil constatar sin necesidad de ser un politólogo, que analizan la política sin fuentes y desde la frialdad de los datos y los libros, que Podemos es incompatible con el PP y Cs. Y, como es evidente, no se puede, como dice el refrán, «estar en misa y repicando». Es algo tan obvio que hay numerosas frases que recogen esta imposibilidad de hacer dos cosas a la vez. Es lo que le sucede al presidente del Gobierno que emerge como si fuera el dios Jano que con una de sus caras quiere pactar con la oposición y con la otra busca confrontar con ella.

Es indudable que el acuerdo europeo es un balón de oxígeno para Sánchez y que los aplausos intentan visualizarlo como una gran victoria. La realidad será más compleja, aunque ahora unos y otros intenten simplificarla. Es bueno, pero no es ni la panacea ni la piedra filosofal. Los políticos siempre lo venden todo en clave partidista. Los problemas se los provocarán sus socios de coalición y el variopinto conjunto de aliados «aprovechateguis» que campan a sus anchas en el Congreso. Es lo que explica el ridículo lamentable de los acuerdos de una comisión de reconstrucción que ha sido todo lo inútil que me temía. No hay nada mejor que crear una comisión parlamentaria para un tema concreto y conseguir que sea una pérdida de tiempo. Sus señorías se lo pasan muy bien con los altercados, rifirrafes, propuestas pintorescas y confrontaciones estériles. No es un espectáculo muy ejemplar, pero un sector de la izquierda se ha quedado anclada en los tiempos asamblearios de la facultad.

Ahorraríamos mucho tiempo y dinero si cada partido eligiera a un diputado que representara sus votos. Nadie convence a nadie. Las posiciones están predeterminadas y la división de poderes es un insulto a la inteligencia, porque existe de facto un mandato imperativo que hace que los diputados sean marionetas de los aparatos de los partidos. Es muy sencillo porque quien no hace caso, no repite.