Madrid delenda est

«La estrategia de asfixiar a Madrid aplicando el estado de alarma se le puede volver en contra»

Catón el Censor o el Mayor finalizaba invariablemente todos sus discursos en el Senado antes de la Tercera Guerra Púnica con el terrible Ceterum autem censeo Carthaginem esse delendam («Además, considero que Cartago debe ser destruida») o su versión más breve Cartago delenda est que, como se sabe, significa «Cartago debe ser destruida» que es la que ha llegado con mayor fortuna hasta nuestros días. El belicoso senador expresaba con esta frase el profundo rencor y odio que tenían los romanos contra los cartagineses a los que se enfrentaron por el dominio del Mediterráneo en las tres guerras púnicas. La segunda fue la invasión de Aníbal a la península itálica que bien pudo haber acabado con Roma, pero la República fue capaz de levantar legión tras legión hasta que Escipión lo derrotó en Zama cerca de Cartago. Tras la victoria, Roma impuso unas condiciones muy humillantes, pero no serían suficientes. Habría un último enfrentamiento que comportó la destrucción de la ciudad y la muerte o esclavitud de sus habitantes. Durante años ni siquiera se permitió que alguien pudiera habitar en el antiguo perímetro. Fue el final de la orgullosa y próspera ciudad Estado fenicia que se atrevió a rivalizar con Roma y ésta se encargó de hacer que desapareciera. Esta eliminación total del adversario es lo que quiere lograr en el terreno político el gobierno social-comunista con la comunidad gobernada por el centro derecha.

Es habitual parafrasear a Catón y el gran filósofo Ortega y Gasset publicó en 1930 su famoso artículo «El error Berenguer» donde termina con la frase: Delenda est Monarchia («hay que destruir la monarquía»). Esto seguro que le gustará a Pablo Iglesias y sus seguidores comunistas, anticapitalistas y antisistema como cortina de humo antes sus problemas y la debacle económica ahora que son el sistema en mayúsculas. Por ello, ahora podemos utilizar la frase con gran propiedad tras la disparatada aplicación del estado de alarma, ya que hay que destruir Madrid sin importar cuál es el coste. Llevamos meses con una ofensiva constante contra Ayuso que es tan desproporcionada que causa estupor. Es verdad que a Sánchez le importan muy poco el resto de las autonomías gobernadas por el centro derecha, aunque preferiría, lógicamente, que España se tiñera de rojo.

Las autonómicas fueron un serio contratiempo para la estrategia monclovita, ya que esperaba que la división permitiera que la izquierda gobernara la comunidad y la capital. Desde entonces, el objetivo ha sido la famosa moción de censura aprovechando las disensiones entre el PP y Ciudadanos, pero especialmente la posibilidad de que algún diputado de esta formación la apoyara rompiendo la disciplina de voto. La terrible pandemia ha sido una gran oportunidad para preconstituir los argumentos para justificar esta estrategia que además se ve favorecida por los titubeos de Pablo Casado, al que irónica y ofensivamente llaman «Pablo Dodotis» porque están convencidos de que no se atreverá a autorizar unas elecciones anticipadas. Sánchez lleva mal que alguien le plantee un pulso, como muy bien han comprobado sus rivales en el PSOE como Susana Díaz. Este carácter firme e implacable, así como una indudable inteligencia política explican su capacidad de supervivencia y su éxito final. Al que llamaban el okupa de La Moncloa es ahora un inquilino con vocación de estar mucho tiempo. Las formaciones de centro derecha se han equivocado siempre menospreciándolo, pero sucedió lo mismo con Zapatero.

Los romanos sufrieron las Guerras Púnicas y a los españoles nos toca ahora lidiar con las Guerras de la Testosterona gubernamental, tanto socialista como podemita. Ahora que los dos machos alfa, dicho respetuosamente, de la izquierda han unido su destino la oposición debería tener una percepción más certera de lo que significa «ustedes no volverán a sentarse en el consejo de ministros». No se trata de la conversión de Iglesias en un moderno Nostradamus sino, simplemente, un acertado análisis electoral de una división que es letal para el objetivo de recuperar el gobierno. Moncloa considera que la debacle económica no es ningún problema por la capacidad de endeudamiento casi ilimitada que asumiremos gracias al Banco Central Europeo y la laxitud de la Unión Europea. No comparto este alegre e irresponsable análisis, pero de momento tienen varios meses para seguir instalados en esta orgia del despilfarro y la ausencia de reformas. No hay más que ver como han ajustado el cuadro macroeconómico a martillazos y con una ausencia de rigor espeluznante seguido de un baño de propaganda gubernamental.

Por tanto, ahora es fundamental completar la estrategia de destruir al gobierno de Madrid contando, como es habitual, con el apoyo de todos los comunicadores neosanchistas, los mismos que ponían a parir al presidente durante las primarias, que ahora ejercen de felices hagiógrafos de la gloria monclovita y actúan como malos aprendices de Catón. Todo lo que hace el gobierno y los inexpertos Illa y Simón es acertado mientras que Ayuso y su equipo son una colección de ignorantes incapaces de gestionar las competencias sanitarias. El decreto del estado de alarma, con error incluido, es un despropósito que solo pretende dar continuidad al disparate de la orden comunicada. En lugar de actuar quirúrgicamente en las zonas afectadas se ha optado por confinar a la capital y motor económico de España para mostrar que en el gobierno sobra testosterona y falta sentido común. La izquierda odia a Ayuso y lo que representa. La estrategia de asfixiar a Madrid aplicando el estado de alarma se le puede volver en contra, porque rompe el principio de proporcionalidad, no tiene un fundamento sanitario y es la expresión de una arbitrariedad jurídica que debería ser rechazada por la Justicia, el único poder que mantiene su independencia a pesar de la pretensión distópica de controlarla para que sea otro apéndice de La Moncloa.