Campo

La burocracia relacionada con los montes ha crecido de manera directamente proporcional a la estulticia agrónoma de quienes los gestionan

Ángela Vallvey

Los incendios que asolan recurrentemente España son la prueba de que la «España vacía» no es solo un fenómeno de despoblación migratoria económica, sino mucho más. Una señal de alarma. El campo se ha dejado sin atención ni esmero. Adiós, sector primario. Los pueblos se han convertido en lugares inhóspitos porque, quienes desconocen el mundo rural, perpetran las leyes que los gobiernan. El campo se ha abandonado como un animal doméstico al que se pone en la calle, se le obliga a convertirse en salvaje, dejándolo a su suerte, dándole la vuelta a una evolución que ha costado miles de años, a un proceso que, de ser reversible, supondría mucho dolor, y denuedos seguramente inútiles. Con la naturaleza ha pasado como con esas bandas de perros callejeros, asilvestrados pero también desconcertados, enloquecidos por su desamparo, que empiezan a proliferar incluso en Europa: animales enfrentados a su propia naturaleza, que ya no es la de hace treinta mil años, pero obligados a vivir de nuevo como en el Paleolítico. Al campo y los animales domésticos se los abandona a la rigidez de leyes contrarias a su actual naturaleza, diseñadas y ejecutadas por unas élites que se cultivan en despachos –como moho en salsa de aire acondicionado– que solo conocen el campo por verlo ocasionalmente en Youtube. Leyes hechas por gentes que no saben lo que es el campo excepto como excusa para mantener sus «negociados». La burocracia relacionada con los montes ha crecido de manera directamente proporcional a la estulticia agrónoma de quienes los gestionan. Y los pueblos, que no se abandonan nunca de buena gana, están sentenciados de ruina, al techo hundido de sus casas, sometidos a impuestos desproporcionados, sin incentivos para la conservación y el arraigo de familias –las de toda la vida, o las que pudieran llegar de lejos–. El campo lo entiende quien vive en él, y de él. Y para asesorarse sobre el medio rural hay que preguntar a sus habitantes, mientras todavía subsiste alguno. Porque, dentro de poco, no quedará nadie, ni nada. Salvo las llamas.