Perder el tiempo

A los intelectuales progresistas no se les ocurre que el trabajador pueda elegir libremente no perder el tiempo

Los progresistas hablan como Paul Lafargue en El derecho a la pereza, de 1880. Allí dice el yerno de Marx: «En la sociedad capitalista, el trabajo es la causa de toda degeneración intelectual, de toda deformación orgánica». Tener tiempo para no trabajar, fantasía que había apuntado antes John Stuart Mill, parece ser el ideal de la izquierda, tan equivocado hoy como en el siglo XIX.

Pero siguen con lo mismo, como vi en varios artículos en el diario «El País». Nuccio Ordine, profesor de la Universidad de Calabria, escribió: «al culto a la productividad y el beneficio se suma el culto a la rapidez. La velocidad es cada vez más la expresión de poder social, la eficacia, el ahorro de tiempo».

En la misma línea razonaron Miguel Ángel Hernández y Mar Padilla, defendiendo la siesta como arma anticapitalista, lamentando que sea propiciada como lo que es, la restauración de la capacidad de trabajar: «La cabezada, esa costumbre que transgrede la lógica de la productividad constante, ha comenzado a integrarse en el sistema contra el que parece atentar. En los últimos años se ha convertido en un imperativo de la industria del bienestar y en herramienta para mejorar la productividad». Esto les parece reprobable, es la «capitalización de la siesta», que debería ser «un acto de resistencia» frente a «las tácticas de hackeo del preprograma neoliberal», debería ser «una renuncia a la ganancia». Es un problema justicia social en «estos tiempos hiperproductivos que exacerban las desigualdades sociales… la fatiga constante quiebra voluntades y crea autómatas».

En todos estos discursos, supuestamente favorables al trabajador, es precisamente el trabajador el que es sistemáticamente ignorado. A los intelectuales progresistas no se les ocurre que el trabajador pueda elegir libremente no perder el tiempo. Y no lo hace porque sea bobo o un mero autómata: es que, con el desarrollo económico derivado del mercado libre, el tiempo aumenta de valor y, por lo tanto, aumenta el coste de oportunidad de perderlo. Esta decisión libre de los trabajadores es desdeñada por los progresistas, que se creen dueños del reloj.

Cuando la izquierda revolucionaria se hace finalmente con el poder, revela aún más claramente su aversión a la libertad del pueblo. Recordará usted la característica fundamental de los discursos de Fidel Castro y Hugo Chávez, a saber, su duración, es decir, su desprecio por el tiempo de los oyentes.