Acabar con los parlamentarios

Los populismos son como esos virus que se introducen en el cuerpo con facilidad y rápidamente generan pandemias difíciles de contener. Sucumbir ante estos movimientos afecta a todos los estratos, no está relacionado solo con el nivel cultural de las personas.

Hace unos días se generó una polémica en diversos círculos españoles acerca de la propuesta del líder del movimiento M5E, Luigi Di Maio, de reducir 345 parlamentarios en las instituciones italianas.

Independientemente del oportunismo electoral, enseguida surgieron muchas opiniones favorables a hacer algo parecido en nuestro país, incluso los más avezados discutían sobre cuántos diputados sobran exactamente.

El debate no es nuevo, en sus tiempos, Rosa Díez abanderó esta idea a la que se sumaron rápidamente algunos populistas tempranos, como Esperanza Aguirre, y después, todos en cascada.

Eran los albores del 15M, momento en que cristalizó la idea que se llevaba fraguando tiempo de que los políticos son una especie de garrapatas, que solo están para medrar y que son, de antemano, culpables de alguna corruptela aunque no se sepa bien de cual en concreto.

En cuanto los populismos ponen en circulación una idea, aparecen los constructores de argumentos, algo así como tontos útiles que apuntalan el concepto con alguna idea.

Por ejemplo, la idea de que hay que reducir el número de parlamentarios y sustituirlos por unos pocos técnicos. Cuando escucho esto pienso en mi cardiólogo, que es magnífico en su especialidad, pero al que nunca dejaría administrar ni la comunidad de vecinos.

Se ha hecho un gran daño a la política española penalizando lo que se han llamado “políticos profesionales”, mejor políticos amateurs que hayan subido al espacio o ganado alguna maratón o similar. Cuestión diferente es la insolvencia, que se puede dar tanto en el campo de la política como en el de la arquitectura, del derecho o de la ingeniería.

Pero la aclamada defensa de reducir el número de parásitos parlamentarios es el contenedor del ideario populista. La primera es que la política es un problema y no la solución a los mismos, el segundo, que es mejor acabar con las instituciones para resolver las cosas.

La conclusión es evidente, si las instituciones y los políticos sobran porque son el problema pero, al tiempo, nadie quiere una anarquía como sistema, búsquese un superlíder que nos gobierne. El resto ya lo conocen, la emergencia de la extrema derecha y los populismos radicales de izquierda.

En una ocasión, un buen amigo, comparó el presupuesto de los dos grandes equipos de fútbol españoles con el presupuesto de las Cortes Generales. A la luz de las cifras era fácil entender porque tenemos el mejor futbol del mundo y un nivel político mediocre.

No se trata de discutir sobre el sueldo de los parlamentarios, sino sobre los recursos humanos y técnicos que deben tener a su disposición para hacer su trabajo. En algunas comunidades autónomas se eliminó la retribución de los parlamentarios, fue aplaudido por muchos, así nos legislarán los más pudientes que como ya son ricos, tendrán menos tentaciones.