Al final, los rohingya

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Desde que comenzó el viaje de Francisco a Myanmar y Bangladesh, todos los medios de comunicación que han seguido esta información han estado preguntándose si el Papa iba o no a recibir a algunos representantes de la etnia musulmana rohingya y si iba a pronunciar esta palabra. La respuesta es ya conocida; el viernes 30 de noviembre al final de un encuentro inter religioso que tuvo lugar en el jardín del arzobispado de Dacca, el Santo Padre saludó a dieciséis miembros de esta minoría perseguida, doce hombres y cuatro mujeres, dos de ellas de corta edad. Fue estrechando una por una sus manos temblorosas, escuchó con visible emoción el recuento de sus dramas y al final les dirigió, entre lágrimas, unas palabras de solidaridad y les pidió perdón, especialmente por la indiferencia del mundo. En el avión que le devolvía a Roma el sábado por la noche Bergoglio, con la sinceridad que le caracteriza, explicó a los periodistas que viajaban con él las razones de su comportamiento. Para él la palabra rohingya no era un tabú pero si no la utilizó primero fue por razones de prudencia y para no bloquear sus conversaciones con las autoridades birmanas responsables de lo que la ONU ha calificado como una limpieza étnica en toda regla. Todos sus consejeros, incluido el arzobispo de Rangún el Cardenal Bo, le habían aconsejado que evitase citar con su nombre a los rohingya; lo cual no le impidió sin embargo aludir a su tragedia en el primer discurso que pronunció en el Palacio Presidencial de Dacca en unos términos que no dejaban lugar a dudas a qué se estaba refiriendo.Pero para él no era suficiente y al tenerlos delante de sí improvisó unas palabras que terminaron con esta rotunda frase: «La presencia de Dios hoy también se llama rohingya». «Os pido perdón– había dicho antes– y apelo a vuestro gran corazón para que podáis darnos el perdón que os solicitamos». Nadie podrá, pues, acusarle de cobardía porque, por otra parte como él mismo confirmó, en sus conversaciones privadas con el comandante supremo del ejército birmano y con la Premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi, planteó el problema con toda su crudeza y pidió soluciones efectivas para poner fin a una represión incalificable.