Opinión

Albert Rivera: Sin apenas desnudarse

A Rivera se le vio atrapado en la principal característica última de nuestros partidos políticos: el personalismo. Hubo un tiempo en que la línea de acción se adoptaba en esos partidos en consejos de dirección o ejecutivas. Ahora ya no. Ahora es el núcleo duro, personalizado en el líder, quien dicta las estrategias a seguir. Esa personalización de los partidos los convierte en dependientes de simples psicologías humanas y estados de ánimo estrictamente individuales. Habría que ser un hombre sin emociones para no verse siquiera un poco afectado por los malísimos augurios que sobrevuelan los pronósticos de resultados para Ciudadanos. Rivera, por tanto, adoptó una actitud reactiva dispuesto a lanzarse sobre todos, intentando mezclar golpes de efecto con buenismo bélico. Pero esa táctica quedó un tanto perdida entre el ruido general. Se le vio incómodo con las situaciones que no discurrían por los cauces que él esperaba haber previsto. Sus mejores momentos se dieron cuando, en sincronía con Casado, entre ambos sometieron a fuego cruzado al presidente en funciones. Pero, en cierto modo, su energía resultó vicaria. Pareció echar en falta cuerpo y frescura como para repetir aquel inesperado desnudo que le colocó en el mapa político por primera vez.

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