Amy y yo

La culpa es de mamá. Una chica de Hamburgo no debe emigrar a un país mediterráneo donde las mujeres son coquetas y hermosas hasta la extenuación. Mi madre era muy guapa, pero nos repetía: «Dejad de miraros en el espejo, lo importante es el interior», y se lo creía. ¡Así son los luteranos, como Ingmar Bergman! La consecuencia es que las hijas nos pusimos a estudiar como fieras, a leer y traducir de lenguas muertas y vivas, pero ni nos depilábamos. En las fotos de finales de los 70, Patri y yo lucimos unas pobladas axilas con un vestidito ibicenco y yo fui sin pendientes hasta la boda, porque eso de hacerse agujeros en el cuerpo era de mandingas subdesarrolladas. A los 15 años, con un más de metro setenta y vestidas con trajes bábaros, un gasolinero de Madrid nos preguntó de qué íbamos disfrazadas. Las consecuencias han sido tan letales que Jorge Javier Vázquez, que no sé por qué me tiene una antipatía feroz, cada vez que se mete conmigo me llama gorda. Él es manifiestamente feo y yo no se lo reprocho, pero tiene razón, claro, en sus apreciaciones. Te lo dije mamá, eso de «Nosotras somos grandes como la abuela Käte» aquí no cuela. Mira Irene Zoe Alameda, la creadora de Amy Martin, ésa sí que es mona. Porque hay que reconocer que la chica es guapa, que por algo se fijó en ella Carlos Mulas, el director de la Fundación Ideas del PSOE. Analícese su carrera y se verá hasta qué punto mi madre tiene la culpa de mi desgracia. Servidora ha sido especialista en el Samizdat y los países del Este, ha viajado por Oriente Medio y ha cubierto los Balcanes, pero ni en los libros he cobrado los 50.000 euros que cobró Amy por sus estudios sobre la Alianza de Civilizaciones. Qué decir de las colaboraciones en Prensa. A Marhuenda le falta mucho más que un cero para igualar los tres mil euros de Amy Martin por artículo. En cuanto a los 122.000 euros de subvenciones de los ministerios de Cultura e Igualdad para «cortometrajes creativos», no gano ese dinero ni en cinco años de tertulias en Antena3, Telecinco, Telemadrid y RTVE. Claro que ella sale chupando genitales, y eso cuenta. Pero lo peor es lo del Instituto Cervantes. Cien mil euros le pagó Carmen Caffarel como directora de la sede de Suecia, y yo digo, mamá ¿adónde podría haber llegado yo con tantos idiomas de haber adelgazado a tiempo?