Ardillas de Waterloo

La Razón
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Waterloo está en territorio flamenco. Leo en los periódicos que Puigdemont ha alquilado una mansión en esa localidad tan ligada a la desventura napoleónica. La voz «mansión» en principio, me produce rechazo. Se trata de un chalé bastante desapacible, muy a la vista, nada discreto. Los que usan de la voz «mansión» para referirse a una casa grande, son los mismos que se enojan en lugar de enfadarse y van al «váter» o al «servicio» cuando se sienten inducidos a acudir al cuarto de baño.

La casa que ha alquilado Puigdemont no tiene atractivo alguno. Es fea, y aunque rodeada de otras construcciones, ofrece una lastimosa imagen de soledad. Dicen que a su jardín acuden con frecuencia zorros y ardillas. Lo de las ardillas tiene más encanto. Pero pasado el tiempo, al año de estar observando los juegos en los árboles de las ardillas de Waterloo, la depresión está asegurada. Alfonso Guerra ha dicho que Puigdemont no está en sus cabales, fórmula elegante y caritativa para evitar insinuar que está mochales. Esa casa es un quiero y no puedo de político huido de la ley. Nada que ver con la casa del venezolano Pérez Jiménez en La Moraleja, o la del dominicano Trujillo también en La Moraleja, o la de Perón en Puerta de Hierro. De vuelta a La Moraleja, allí se construyó a distancia su casa de fugado para toda la vida Moisés Tshombé, el congoleño. No la pudo estrenar porque Mobutu ordenó su detención en el aeropuerto, y por esas cosas que tiene el Congo, de Tshombé nunca más se supo. Cuando se roba, o se dan golpes de Estado o te los dan, la casa del fugado dice mucho. No se trata de casas de políticos exiliados, sino de delincuentes huidos de la justicia, y como poco hay que exigirles buen gusto. Pérez Jiménez se hizo construir el primer refugio nuclear de Madrid. Al menos tuvo el detalle de grandeza de creerse objetivo de una bomba atómica dejada caer sobre su casa por la aviación venezolana. La casa, y jamás mansión, del pobre Puigdemont es un chalé feo y tan a la vista de todos, que sus vecinos flamencos podrán contemplarlo en gayumbos sin dificultad alguna. Es decir, una casa de muy limitada dignidad.

Creo que los ciudadanos de Tractoria, y especialmente los gerundenses, harían bien en financiarle el alquiler de un chalé más discreto, inmerso en un bosque, oculto al cotilleo visual. Pagar más de cuatro mil euros al mes por vivir en una casa tan expuesta a la curiosidad, no conduce a fundamento alguno. No es por el dinero, que lo tiene, sino por el empaque. Un político fugado de la justicia, un delincuente entre mochales y acuclillado, está obligado a mantener una estética representativa para que sus partidarios no experimenten lo que el poeta llamaba «el hastío de la admiración». Viajar hasta Waterloo desde Cataluña y toparse con ese chalé tan desnudo y desnutrido de clorofila, puede ser motivo de hondas decepciones melancólicas. El separatista catalán, además de mentiroso es llorón, muy dado al zollipo, y al fugado por la causa hay que protejerlo con mayor esmero. Por otra parte, también hay que pensar en las reacciones de sus vecinos de Waterloo. Uno de ellos ya ha emitido su veredicto. «No sabe una palabra de flamenco y habla francés». No hay peor cuña que la de similar madera.

Esta gente ha robado mucho del dinero del FLA que les mandó Montoro. Con él han financiado su proyecto de separación de España, guardando un remanente para mantener al fugado. Lo lógico sería que sus partidarios le pagaran el chalé, no todos los españoles. Pero el español es espléndido. Y orgulloso. Y si le obligan a pagar lo que no debe, prefiere que su dinero tenga sentido y buen gusto.

Lo contrario que ese chalé atroz que ha alquilado Puigdemont para consolarse con las ardillas.