Atrapados en la red

Quienes tanto se preocupan por la llamada Justicia Universal deberían reflexionar, aunque sólo fuera por unos minutos, si antes de remangarse las togas para intentar sentar en el banquillo a la cúpula del gobierno chino, entre otras muchas genialidades utópicas, no estaría de más perseguir a quienes intentan cargarse el sistema democrático desde la violencia física y la verbal, esta última utilizando las llamadas redes sociales y emboscados en el más repugnante y cobarde de los anonimatos. Lo peor es que desde la izquierda española, y no sólo desde la más radical, se tiende a buscar justificaciones al clima de agresividad sin límites hacia los políticos de las formaciones mayoritarias y, muy especialmente, contra el Gobierno de la nación y el partido político que lo sustenta con toda la legitimidad de las urnas mientras otras elecciones generales no decidan otra cosa. Las barbaridades publicadas tras el asesinato de Isabel Carrasco no son más que la expresión extrema de algo que lleva años pasando sin que nadie haya querido, desde el poder, desde la oposición y desde no pocas organizaciones sociales de todo tipo, alzar la voz sin miedo para denunciarlo. Los bulos, los insultos, las provocaciones y las amenazas se han convertido en moneda común de cambio en esas redes que deberían ser transmisoras de información, de opiniones libres pero mínimamente respetuosas, de ideas en definitiva que ayuden a la convivencia y que no atenten contra ella, pero quienes no tienen el coraje de dar la cara se han colado en unas redes que, como las de pesca, deberían tener una medida reglamentaria. Es la hora de legislar y que cada uno se retrate en el Parlamento para que los ciudadanos sepamos a qué atenernos con cada uno de los partidos. En este asunto no valen tibiezas, y mucho menos hipocresías a las que algunos nos tienen tan acostumbrados ya que han demostrado, en otras ocasiones, que para alcanzar el poder no se han parado en barras.