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La alcaldesa de Madrid está decidida a protagonizar un bello gesto en memoria del diplomático Ángel Sanz Briz. Durante la Guerra Mundial, y desde la cancillería de España en Budapest, el diplomático aragonés y vecino de Madrid se jugó la piel y su futuro salvando la vida a más de cinco mil judíos húngaros. Sanz Briz era un brillante y joven diplomático en misión oficial que representaba al antiguo régimen. Hoy, cinco mil familias húngaras mantienen su referencia gracias a los desvelos de aquel leal, inteligente y gran diplomático. Políticamente, Sanz Briz y Carmena están en las antípodas, si bien es conveniente recordar que en el núcleo más conservador de «La Carrera» –así denominan los diplomáticos a la suya–, Ángel Sanz Briz era visto como un brillante y buen compañero excesivamente influido por el liberalismo e ilusión por la apertura política. Su último destino fue el de Embajador del Reino de España ante la Santa Sede. Porque Sanz Briz no era un embajador de Franco o del Rey, que también lo fue, sino de España, de la que le tocó vivir y a la que sirvió con impecable lealtad hasta su muerte.

Me figuro que para honrar con la Medalla de Oro de Madrid al embajador Sanz Briz, la alcaldesa habrá tenido que torear con arte y garbo a unos cuantos de sus concejales. A Guillermo Zapata le habrá caído como una patada en los dídimos que Madrid, desde un ayuntamiento gobernado por la izquierda extrema, honre la memoria y agradezca el coraje de un diplomático que salvó la vida de cinco mil judíos húngaros, cuyo único destino era la cámara de gas en los campos de concentración nazis. Zapata los habría sumado a su ilusión de llenar con su polvo sacrificado el cenicero de su coche, como así reconoció en uno de sus intolerables mensajes tuiteros.

Ángel Sanz Briz, aragonés, fue un héroe, y en mi opinión merece todos los homenajes que se tributen en su memoria. Hace años –y no cometo indiscreción alguna porque pedí permiso para contarlo–, en una conversación informal el Rey Don Juan Carlos –lo de «Rey emérito» me suena muy mal–, me formuló una pregunta amablemente envenenada. –Si fueras yo, ¿a quiénes le concederías un título nobiliario? Dame tres nombres–. Se los di y mi propuesta tuvo un 33% de acierto. Los títulos nobiliarios son Reales Gracias que sólo corresponden al Rey. No tiene que consultar a nadie. Se conceden en vida del agraciado o a título póstumo.

Con el actual Rey apenas tengo trato y confianza, pero si alguna vez me planteara la misma cuestión que Don Juan Carlos, no lo dudaría, y le ofrecería tres nombres. Un gran empresario que haya creado decenas de miles de puestos de trabajo y cuya empresa esté presente en las más importantes ciudades del mundo representando a España. Me refiero fundamentalmente a Amancio Ortega. Un genio que haya mantenido su calidad y su prestigio, siempre desde su orgullo de español, en los teatros de ópera y las salas de conciertos más exigentes del mundo. Me refiero fundamentalmente a Plácido Domingo. Y un español que en el cumplimiento de su deber, y con todas las circunstancias en contra, haya dejado su huella en la Historia de un benefactor de la humanidad. En resumen, un héroe. Y me refiero, fundamentalmente al «Ángel de Budapest», que así es conocido el embajador de España Ángel Sanz Briz.

Pero con independencia de esta intromisión en la piel del Rey, conviene ser justo y agradecer a la alcaldesa de Madrid un gesto tan inesperado como ejemplar. Hoy, en mi artículo, le dedico un fuerte aplauso a Manuela Carmena. Sí, sí, no se alarmen, lo han leído bien.