Cara de tontos

La Razón
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Lo que nos faltaba. No es que Angela Merkel se haya convertido en una entusiasta de la integración de Turquía en la UE, pero ha entreabierto la puerta.

Obsesionada con el drama de los refugiados, la canciller ha prometido al presidente Erdogan impulsar la vuelta a las negociaciones de adhesión y facilitar los visados. Alemania es un gran país, pero con los germanos siempre hay que andarse con cuidado. Basta evocar el desastre que contribuyeron a organizar en los Balcanes hace tres décadas, para que el resto de los europeos nos tentemos la ropa antes de dejarles el liderazgo en asuntos importantes.

Turquía es clave para nosotros. No sólo por su posición –comparte frontera con Irán, Irak y Siria, además de Armenia, Georgia, Bulgaria y Grecia– o por su condición de país musulmán moderado. Con más un millón de soldados, es numéricamente la segunda fuerza militar de la OTAN, sólo detrás de EE UU.

Es una buena noticia que se implique en la lucha contra los fanáticos del Daesh. Hasta ahí, impecable; pero algo no cuadra. En clara discrepancia con los mamarrachos antioccidentales y antiespañoles, quiero proclamar que me gusta la UE. Los europeos apenas somos el 7% de la población mundial, pero habitamos un territorio donde impera la paz, se respetan los derechos humanos, se cumplen las leyes, existe Seguridad Social y el Estado se preocupa por los desfavorecidos.

Nuestra sociedad no deja morir de hambre a los débiles, no tolera la brutalización con las mujeres, no acepta que se explote a los niños y trata de proteger al menesteroso.

No sueles reparar en estos detalles hasta que viajas, sales del circuito «cinco estrellas» y te impregnas de la mugre en que chapotea buena parte de los 7.000 millones de seres humanos que pueblan el planeta. Si concebimos Europa como un mercado, quizá haya motivos para aplaudir el gesto de Merkel, pero si la vemos como una comunidad de valores, principios y libertades, erramos el tiro.

No voy a recordar que Erdogan no es un demócrata, que el islamismo crece allí o que, con 70 millones de ciudadanos, Turquía se convertiría –después de Alemania– en el país con más peso en el Parlamento Europeo. Lo único que me gustaría subrayar es que lo peor que te puede pasar camino del precipicio, es ir con cara de tonto y moralmente gratificado. No es algo inédito. Les pasó a los romanos, que vivían orgullosos de su Vía Apia, de su Pretor Peregrino y de su Circo y amanecieron un día en manos de los bárbaros, que no sabían leer ni les importaba.