Campaña electoral

Cistitis

La Razón
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Todos los palizas del mundo se abalanzan en cuanto ven a un periodista a preguntar qué va a pasar el 26-J como si fuéramos el oráculo de Delfos. Una profesión de aprendices de brujo. Hablamos y/o escribimos mucho del asunto para llegar a la conclusión de que no tenemos ni idea aunque se manejen encuestas «secretas» que vienen a decir lo mismo que las públicas: que todo es incertidumbre y angustia. Apilamos en el cajón tantos sondeos internos y tan personalizados que ya parecen análisis de orina. La cocina «Masterchef» del CIS anticipa la pesadilla de una semana de muestreos que harán sudar a los candidatos –ojito Rivera con los sofocones que luego no valen las encerronas–, sobre todo después del debate del próximo lunes, que esta vez sí puede ser decisivo. Los demóscopos son en la recta final los beodos de estadística que abandonan los últimos el bar por si se pierden algo, un fulano que amague con cambiar la tendencia o algo así. En busca del votante indeciso, esos a quienes hoy los candidatos invitarían a unas cañas por cuenta de la casa.

Nos entregan a diario la evolución electoral que en realidad es una involución a tenor de las conclusiones del CIS: Unidos Podemos no para de crecer en busca no ya del adelantamiento al PSOE, que se da por descontado, sino al PP. Tienen tiempo y ganas para conseguirlo. La estrategia Ikea de blanqueo populista les está saliendo rentable mientras que la del imitador Sánchez se ahoga en sus propias contradicciones. En la campaña de la república independiente, Pablo es el único que no posa en su casa, el hombre deshabitado o un dios que está en todas partes. Y Pedro el chico de los recados al que le robaron la merienda. No será porque no recibiera advertencias de todo el coro mediático y de los dirigentes socialistas que ya lamentan no haberlo mandado a galeras.

El líder que hoy podría ser el jefe de la oposición con mando en plaza para enmendar a Rajoy hasta ganarle por puntos, mengua tanto que ya no podría jugar en el Estudiantes o ingresar en el cuerpo de bomberos.

Ésa era la sonrisa del destino y no la que le dibujó Pablo Iglesias, la soberbia populista que nos llevaría a la ruina. Puede que hoy lamente no haber tomado aquel café con Rajoy, llamarle indecente, espolear al adversario equivocado. Sí, el PSOE es el más perjudicado pero, a la vez, el partido decisivo, la bisagra –quién lo hubiera pensado hace un año–, que aupará al Gobierno a los populares o a los comunistas.

Todo dependerá de un Sánchez que vuelve a hacer historia porque en su mano está, según los últimos fogones, el futuro de España.En su debacle tiene su fortaleza. Aprovechará el último aliento para matar aunque sea muriendo.