Colores de otoño

La Razón
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Camino del norte, bajo la luz temprana que ofrece, dorada, un sol que ya se alza cansino sobre el horizonte, los colores del otoño entregan su fulgor. Ahí están las oscuras manchas verdes de encinares y coníferas, rodeadas de espacios terrosos que dejan marchitar los yerbajos para teñirse de matices ocres. También las más brillantes de olmos, chopos y abedules que ya amarillean o se enrojecen mientras se desnudan dejando caer poco a poco su frágil follaje. O los marrones, pardos y cobrizos de las parcelas labradas que se preparan para la siembra de los cereales de invierno. En el cielo, un azul entreverado de blancas y grises nubes que se deshilachan en la altura. Y sobre el fondo, el macizo rocoso que se alza, aún distante, evocando los viejos versos de Antonio Machado:

¡Oh montes lejanos

de malva y violeta!

Si pudiera, me quedaría a observar esta paleta otoñal, cambiante día a día, hasta que las primeras nieves la tiñan de blanco, lavando sus matices y diluyendo su colorido. Pero he de atender otras obligaciones cotidianas y, mientras retorno a ellas, se me ocurre que tal vez ese paisaje pudiera ser una metáfora de la realidad política que habremos de descifrar los españoles el día anterior a que el otoño llegue a su fin. Pues, en efecto, en las elecciones generales que ahora se convocan va a competir, con visos de éxito, una multiplicidad de opciones casi tan amplia como los matices cromáticos que ofrece el terruño.

El proceso de desafección ciudadana hacia los dos partidos políticos que, hasta ahora, han gobernado España, cuya principal manifestación se ha mostrado en las pasadas elecciones municipales y autonómicas, no parece haberse corregido, tal como muestran los sondeos que se han ido publicando a lo largo del año. En el momento actual, si atendemos a los valores de intención de voto que esas encuestas perfilan como promedio, no es desechable la hipótesis de que el bipartidismo llegue en diciembre a su punto más bajo, sumando en torno a 250 diputados –tres decenas menos que en el anterior hito de 1989–, con un voto conjunto del 55 por ciento del electorado –o sea, diez puntos por debajo de la peor marca precedente–.

En tales circunstancias, habrá un centenar de escaños que se repartirán entre los demás concurrentes. Alguno de los estudios disponibles otorgan algo más de la mitad de esta cifra a Ciudadanos, señalando a este partido como el único posible garante de la estabilidad política. Pero esta conclusión carece de precedentes y choca con el desenlace lógico que ofrece la asignación de diputados en nuestro sistema electoral. Por ello, considero que no puede desecharse la idea de que tal distribución sea menos asimétrica y conceda puestos a muchas de las formaciones nacionalistas o regionalistas que florecen en el norte de España y en sus archipiélagos. Un Congreso con hasta 18 partidos es posible. Y entonces la constitución de mayorías será una tarea prácticamente inviable salvo que PP y PSOE se presten a hacerlo conjuntamente por el bien de España.