Con rastro

Sigue emocionándonos la historia de Asunta. Y lo hará siempre, lo que no deja de ser una buena señal, porque Dios –o quien corresponda– nos libre del día en el que el asesinato de un niño nos deje indiferentes. Y sigue conmocionándonos cada detalle que se filtra, intencionadamente o no, de los padres, de la niña y de lo que pasó aquel día en la vida de una familia que parecía idílica. Por eso, hablar de esta historia siempre me resulta complicado, sobre todo hasta que el juez no lo haga de una manera seria y definitiva. En casos tan extremadamente sensibles y emotivos cualquier comentario o juicio de valor puede resultar imprudente y fuera de lugar, pero actualidad obliga. Lo último que se ha conocido de esta desafortunada historia es que la Guardia Civil ha recuperado material audiovisual relacionado con pornografía de mujeres asiáticas del ordenador del padre de Asunta. Y, cómo no en nuestros días, las redes sociales también han tenido algo que decir en el transcurso de la investigación al encontrar en el perfil de Facebook de Basterra que algunas de sus amistades eran niñas asiáticas. Supongo que cuando se facilita esta información es porque hay una base, unas pesquisas y unas pruebas que van más allá de la simple nacionalidad de los amigos que uno tiene en el Face-book. A ver si esto, al menos, nos sirve para que por fin entendamos que nuestra actividad en la red y nuestro paso por cualquier página de internet deja un rastro, que el insulto no es gratuito, que los delitos tampoco lo son y que la supuesta impunidad del anonimato no existe.