Déficit

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Cada comienzo de año, me hago el mismo propósito: reducir el déficit de mis depauperadas finanzas. Los economistas están roncos de repetirnos que, en toda contabilidad, sea pública o privada, la única manera de equilibrar los números es disminuyendo gastos. Pero a mí me ocurre como al Cardenal Infante don Fernando, hermano del rey Felipe IV. El hombre acumulaba varias dignidades (al contrario que yo), que le suponían unas buenas rentas, con unas cargas fijas que le dejaban margen para gasto ordinario y extraordinario. Con todo, siempre iba apurado. El marqués de Lema tuvo que hacerle una auditoría y moderar su estilo de vida. Tenía un mayordomo principal costosísimo, encargado de darles órdenes a otros ocho mayordomos (yo no dispongo de servicio, ni de esclavos al servicio del servicio. Pero aún así). El personal inferior constaba de decenas de sirvientes. Los había variopintos: un maestro de limpiar dientes (yo, de momento, me apaño con mi dentista), un matemático, un algebrista (me vendría bien...), cinco músicos, un criado encargado de darle a Su Alteza la ballesta, cuando la precisaba, que por fortuna no era a todas horas; otro le tenía preparado el arcabuz. Con el plan de austeridad, se contrató un mozo apoderado del arcabuz y de la ballesta, ahorrando así un sueldo. Otro mancebo guardaba un buey. Había muchísimos pajes, y se tomó la triste y drástica decisión de reducir su número a diecinueve, para ahorrar. Los pajes contaban con maestro de armas, danza, escritura... El Infante gozaba de dos literas, dos carros, ocho caballos de silla y un macho, veinticuatro caballos de coche, doce mulas, cuatro acémilas para las literas y otras cuatro para el servicio general (no sabemos si quizás dedicadas a las contabilidades de la intendencia palaciega). Tan severo se puso el marqués de Lema con los recortes que incluso redujo radicalmente la comida: antes de que él metiera la tijera, en casa del Infante se servían once platos durante la comida y diez en la cena (todo el mundo sabe que es mejor cenar ligero). El marqués ordenó que, en adelante, se tomaran ocho y seis platos, respectivamente. Los gentilhombres de palacio pudieron, sin embargo, seguir comiendo doce y ocho platos. Con estas sabias, pero crueles y deplorables medidas, el Infante consiguió ahorrar casi sesenta mil ducados. Pero eran otros tiempos porque, ahora, lo que es a mí, no me resulta tan fácil cuadrar las cuentas...