El catéter

La Razón
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El gran problema de Gabilondo es el gesto, la expresión. Hasta en sus momentos felices y reidores parece que le están introduciendo un catéter sin el sosiego que concede la sedación. Es hombre de expresión doliente, de portador de un cilicio en zonas blandas. Ha sido derrotado en las elecciones por una amplia diferencia a favor de Cristina Cifuentes, y pasea su apariencia contraída con aires de vencedor. Quiere echar al PP. Es su único y fundamental argumento programático.

Gabilondo es culto, y los que tienen la fortuna de conocerlo y tratarlo afirman que equilibrado y justo. No tan justo, a mi modo de ver. Siendo rector universitario impulsó con entusiasmo el Doctorado «Honoris Causa» de Santiago Carrillo. Honor y merecimiento en la Universidad a un genocida. Como poco, extravagante nombramiento. Como mucho, intolerable decisión.

El candidato vasco a la Presidencia de la Comunidad de Madrid por el PSOE, desea el apoyo de Podemos y Ciudadanos para gobernar en un territorio que ha preferido a otro candidato, en el presente caso, candidata. El sistema legitima los pactos y los mejunjes. En España, un candidato con un diez por ciento de los votos puede gobernar y sentar en la oposición a quien ha obtenido un 45%. La reforma de la Ley Electoral no interesa a las izquierdas por motivos obvios. Siempre es posible recurrir al cordón sanitario si el partido liberal-conservador no alcanza la dificilísima mayoría absoluta. Todo es mentira. Pedro Sánchez, el afable y hueco máximo dirigente del PSOE se ha hartado de proclamar su ausencia de sintonía con el populismo estalinista, y ahí está, reclamando la caricia de «Podemos» de manera tan insistente que termina por resultar pornográfica. En unos años terminarán siendo devorados, como ha sucedido con el comunismo oficial.

Si Gabilondo consiguiera los suficientes apoyos para gobernar la Comunidad de Madrid, como elector madrileño y probablemente montañés en las próximas elecciones, le rogaría un plan de adecuación de su gesto a sus circunstancias favorables. Porque Gabilondo es como ese entrenador ruso de baloncesto cuyo apellido no recuerdo y no pienso perder el tiempo intentando recordarlo, que regaña a los suyos cuando consiguen un triple. Gabilondo no regaña, pero parece siempre dispuesto a ello. La seca capacidad gestual de los vascos. No es cierto. Los vascos son expresivos y sonrientes. Hay mucha confusión en este aspecto. Conozco a decenas de miles de vascos que no aparentan el padecimiento del catéter permanente. Gabilondo desea ser un nuevo Julián Besteiro, pero no da la talla. Intelectualmente no es libre, como lo fue y es Joaquín Leguina, y tampoco es capaz de acercarse a Enrique Tierno Galván, porque le falta la sabiduría profunda del pícaro. Pero, con independencia de su obsesión por «echar al PP de Madrid», a Gabilondo que es hombre estudiado y leído, le asusta sobremanera entregarse a un Frente Popular que nada le convence. Sánchez empuja, y a Gabilondo le crean un creciente malestar facial los constantes empujones del incoherente y demagogo dirigente socialista, nueva versión de Zapatero tirando a peor.

Alcanzar la gobernación de Madrid lo tiene fácil. Gobernar con acierto apoyado por el estalinismo esnob de «Podemos» es otro cantar. Las izquierdas se unen para echar al PP, pero sus diferentes intensidades marxistas siempre han terminado como el Rosario de la Aurora. Y con los gabilondos y los besteiros devorados por la barbarie incontrolada.

Empiezo a interpretar con criterio más acertado su gesto doliente, su expresión de receptor del catéter.