El Gordo de El Niño

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Yo no sé qué tiene la página en blanco de un cuaderno que llama a escribir con buena letra cuentos bonitos, notas útiles. Tal vez, después, lo emborronemos o acabe despedazado en un rincón, pero esa ilusión del principio se repite una y otra vez, irreductible al desaliento. Qué ilusión inscribir a un niño en el registro y, en cambio, cuánto nos cuesta hacer testamento. Qué bonitas las contrataciones y qué tristes los despidos. Cuánta luz en la vela que se enciende y qué seco el pábilo que humea. Conocer a alguien es una promesa; despedirse de un amigo, un dolor. Todos son ejemplos sobrados de que estamos hechos para comenzar, inaugurar, abrir y estrenar, en lugar de cerrar, clausurar, acabar, finiquitar. Me gusta emprender el año con esta reflexión, más que con una supersticiosa concesión al ojalá: «Ojalá me toque la lotería en 2017, ojalá se arreglen mis problemas, ojalá desaparezca tal o cual pena». Los años van siendo maestros en enseñar que los problemas y las penas son la urdimbre de la vida con tanto o más provecho que las alegrías y las soluciones. Y que la lotería casi nunca toca.

En cambio, es reconfortante percibir en uno mismo una conmovedora tenacidad para preferir lo bueno a lo malo, lo justo a lo injusto, lo bello a lo feo, la verdad al embuste o el comienzo de la vida a su final. ¿De dónde nos viene esta tendencia inapelable? En este mundo líquido y relativo, podríamos despertarnos prefiriendo odiar o mentir, pero no podemos. Practicamos lo malo a menudo, pero no lo preferimos. Toda una serie de ideales carentes de toda practicidad nos vienen inscritos en el corazón de nacimiento. Las guerras las ganan los fuertes, pero sabemos que la guerra es siempre mala. La injusticia es una solución rápida, pero acaba revelándose ineficaz. Lo desagradable es el recurso rápido, pero la laboriosa belleza es eterna.

Así están las cosas. Estamos hechos para un destino bueno. Diseñados por un misterio positivo.

En este principio de año podemos confiar en el final de los atentados, y nos equivocaremos. Habrá terrorismo en el mundo entero, también en Europa y seguramente –Dios no lo quiera– en España. Podemos confiar en la bolsa, y nos dará por saco. Porque Estados Unidos influirá en el Banco Central Europeo y nos subirá la hipoteca. Querremos hermandad con Cataluña o un PIB vigoroso y nos quedaremos sin saciar. Soñaremos con que bajen los impuestos y subirán. En cambio, nada ni nadie nos quitará el deseo. Y habrá mil circunstancias que lo afiancen: el niño nuevo de la familia, el parque en primavera, el mar del veraneo, el abrazo de una madre, la luz de la tarde, una sinfonía de Mahler, un aria de la Callas, una tonada de Leonard Cohen o un tango cantado lentamente. En 2017 aparecerán personas buenas en nuestra vida, palabras de consuelo, imágenes que nos quitarán el aliento. Merece la pena empezar, enhorabuena por ese regalo: le ha tocado un año entero.