El grupo de grupitos que amarga el sueño de Iglesias

La Razón
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El amontonamiento de siglas acaudilladas por Pablo Iglesias va a ofrecer lecciones bien curiosas para aquellos que analizan las polémicas políticas. En la bancada de Unidos Podemos se sientan 71 diputados, de los que sólo 46 deben someterse a la estricta disciplina del líder morado. Junto a ellos se amontonan IU, soberanistas catalanes, nacionalistas gallegos y valencianos o ecologistas. A este totum revolutum hay que sumar, desde luego, la disparidad de criterios con la que se mueven ahora dentro del mismo Podemos. Los hay «pablistas» y «errejonistas», pero también esa especie urbana llamada «anticapitalistas» que participaron en la fundación de los círculos y, por ello, cuentan con enorme peso en la organización. Lo que está claro es que se avecina para Iglesias una compleja pugna interna fruto de su confusa y variopinta estrategia de alianzas electorales.

El desbarajuste parlamentario lo resolvería Iglesias con la creación de grupos propios para En Comú, En Marea y Compromís. Pero si ya en la anterior legislatura la Mesa del Congreso lo impidió, no parece que nada vaya a hacer las cosas distintas en esta ocasión. De nuevo, Iglesias constituirá un solo grupo parlamentario en el que acogerá sus alianzas en su totalidad y a una parte de la valenciana, pero cediéndoles autonomía total en las Cortes. No le queda otra. Y, claro, Compromís, que tampoco está libre de sus propias grietas, pues es en sí misma una coalición formada por el Bloc, Iniciativa y los Verdes, buscará, encabezada por Joan Baldoví, acomodo en el grupo Mixto. Total, nada.

El equilibrio interno resulta hoy para Iglesias aún más complejo que hace seis meses. La anticipada pretensión de multiplicar las subvenciones, la presencia en las comisiones parlamentarias y la posibilidad de intervenir de forma independiente en los debates choca también ahora con un evidente cuestionamiento del liderazgo de Iglesias por parte, sobre todo, de En Comú Podem, bajo control de Ada Colau, y de las mareas gallegas, soliviantadas por Anxo Quintana, entre otros. En paralelo, dentro de Podemos, las organizaciones andaluza y vasca buscan sin dilación ocupar un espacio propio, obtener un rasgo distintivo que les otorgue protagonismo en la Carrera de San Jerónimo.

Así pues, Unidos Podemos se convertirá en un «grupo de grupos» forzado a repartir los tiempos de intervención. Para todos sus aliados resulta una exigencia irrenunciable. Pablo Iglesias deberá prorratear la duración de las intervenciones, no sólo ya con Alberto Garzón, sino también con los portavoces de cada una de las confluencias. A la postre, mientras otros líderes dispondrán de 20 minutos, el secretario general podemita tendrá a lo sumo diez. Y, con todo, la amenaza de romperse en pedazos va a sobrevolar en cada votación. Los diputados de cada «subgrupo» están obligados a funcionar en bloque entre sí, pero no con el resto del grupo que los acoge. Los socios de Podemos tienen la potestad de manifestarse incluso en sentido contrario al que determine Iglesias. Y esto se visualizará en muchas ocasiones.

Las concesiones de Pablo Iglesias van a llegar hasta tal punto que IU, En Comú, En Marea y no digamos ya Compromís, pueden pilotar la negociación de sus propias iniciativas. Esto significa que, ante cualquier debate, los demás grupos deberán llamar a cada uno de los distintos portavoces morados para convencerles de apoyar tal o cual proyecto. Un guirigay, vamos. Ya no se tratará sólo de Iglesias, sino que habrá que extender las gestiones a Garzón, Xavier Domènech, Alexandra Fernández o Baldoví.

La XII Legislatura «promete» para Podemos. Sin duda. Sobre todo... ofrecer espectáculo. Como Iglesias no demuestre que tiene una cintura de las de goma, a las primeras de cambio puede encontrase condenado a la absoluta irrelevancia en la Cámara baja por incomparecencia de los suyos.