El orgullo de ser turista

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Claro que he comido pizza «al taglio» en las escalinatas de la Plaza de España y en la Signoria y en San Marcos y en la Piazza Grande de Arezzo y en los soportales de la Universidad de Bolonia. He fumado marihuana en un coffee shop de Amsterdam sin haber sido nunca porreta y me he atiborrado de queso medio derretido en el Pont Neuf; estuve en Harrods un primer día de rebajas y aún uso la cartera que compré en Macy’s el mismo día en que aluciné en la Torre Trump, mucho antes de que su dueño pensase siquiera ser presidente. Me he reventado las manos aplaudiendo en una tanguería de San Telmo y los labios besando en la Corredera de Vejer. De joven, no me perdía un lunes de coros en Cádiz con mi reglamentario disfraz de mamarracho y he visto encierros de San Fermín confundido con un ejército de yanquis empapados de vino malo (no he tenido cojones para correr, la verdad). Por supuesto que provoqué a las llamas de Machu Picchu para ver si era verdad que escupían e hice cola para fotografiarme con un kiwi en la Isla del Sur neozelandesa, donde se rodó «El señor de los anillos» (que, naturalmente, no he visto). Pasé un puente en Valencia sin alimentarme más que de paella y horchata. Me revolqué gritando «¡cuerpo a tierra!» por los túneles del Vietcong en los alrededores de Saigón. Me planté una «chapka» para combatir el frío en la Plaza Roja y, sin ser capaz de distinguir a Beethoven de Los Chichos, he escuchado a la filarmónica de Viena en el Musikverein y a un fadista tristísimo en una taberna de la Alfama. He hecho turismo por todo el mundo. ¿De verdad soy el culpable de la decadencia de la civilización? Me dan asco los esnobs.