El «otro PSOE»

La Razón
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La crisis del PCE, en los años 80, se produjo porque el partido creía que su lucha contra el franquismo y el ser el único partido realmente organizado les llevaría a ser la gran fuerza de la izquierda española.

Los resultados en los primeros comicios democráticos fueron descorazonadores y algunos dirigentes apuntaron la responsabilidad a la dirección. En Madrid la crisis fue muy profunda y se produjo la expulsión de algunos cargos públicos, como Ramón Tamames o Cristina Almeida. Las réplicas del terremoto madrileño no se hicieron esperar en Euskadi, con Roberto Lertxundi o en Cataluña, con la expulsión de todo el PSUC. En definitiva, era la guerra entre dos sectores por controlar una organización cuestionada por su fracaso electoral. La victoria une mucho y tienen padre, pero las derrotas son huérfanas y hacen añicos los grupos.

La cultura orgánica podemista tiene su ascendiente en la comunista, por eso los patrones de conducta se repiten. Los dirigentes fundadores pensaron que podrían acabar con la hegemonía socialista en la izquierda y lograr algún día la presidencia del Gobierno.

Pero los resultados han ido siendo decepcionantes, una vez tras otra, hasta el punto de que nadie dudaba en la organización, hace unas semanas, de que su papel en el futuro sería subalterno al del PSOE.

Estas circunstancias suelen terminar en escisiones entre los que creen que las siglas están bien con ellos a la cabeza y los que creen que ellos no están bien con la marca en manos de otro.

El crucigrama matemático que de por sí era el panorama político español se complica más aún con la crisis morada madrileña. La caída podemista es indiscutible, pero aquellos que creen que todo el voto que cosecharon en el 2015 se volcará del lado de Ahora Madrid, se equivocan. Es posible que una parte importante se comporte así, pero otros se mantendrán leales a Pablo Iglesias y un tercer grupo, esos que se apuntan a todo lo que esté enfrente del sistema, cambiarán su voto por extremistas como Vox. No es una entelequia, algo parecido ha ocurrido en Andalucía.

En Madrid los socialistas deben combatir en un escenario difícil, porque la actitud del Gobierno con el independentismo está más penalizada que en otros sitios, el predicamento electoral del presidente es mejorable y el candidato local se ha mantenido neutro durante toda la legislatura. Eso, sin contar que la ambiciosa alcaldesa estará intentando incorporar en su lista a alguna histórica socialista, icono de la transición, a la que la une no solo amistad, sino un hecho generacional.

Si el PSOE no resiste, Podemos se resquebraja y se fracciona su voto y, por la otra parte, a Ciudadanos le sale gratis ir de la mano con la extrema derecha, el resultado en el mes de mayo puede ser preocupante para la izquierda.

La crisis que ha originado Manuela Carmena y en la que Íñigo Errejón ha sido el colaborador necesario, tiene el patrón de la del PCE de 1981, pero sus consecuencias son como una bomba de racimo en el conjunto de la izquierda.

En una entrevista a Alfonso Guerra, publicada hace unos días en el diario «El Mundo», el ex dirigente exponía con claridad algunas cosas que piensan un número importante de cuadros y militantes socialistas. En el transcurso de la misma afirmó que «dicen que es el nuevo PSOE, yo creo que es otro PSOE».

Sabemos que los socialistas supieron aprovechar la crisis comunista de la transición y la fragmentación de la derecha, ahora queda por ver si el «otro PSOE» es capaz de hacer lo mismo.