El Papa Roncalli y España

La canonización de Juan XXIII abre las puertas a muchas noticias, al parecer insignificantes, aunque para los historiadores españoles de gran relieve. Tenemos noticia de tres viajes a España. Pero sobre todo de una coincidencia anterior. Mientras él, en 1943, en calidad de legado de la Santa Sede en Bulgaria, Grecia y Turquía, ponía sus esfuerzos en salvar a los judíos amenazados de exterminio, los diplomáticos españoles en Atenas, Bucarest y Budapest ponían incluso en peligro sus vidas para salvar millares de sefardíes. La «operación bautismo» del agente pontificio guarda estrecha relación con ese reparto de documentos que hacía a los sefardíes súbditos españoles y, a veces, los subía en trenes contratados para traerlos a España. Para el futuro Papa esta coincidencia debió resultar sugestiva y comprometida.

El primero de sus viajes a la Península tuvo lugar en 1950, con oportunidad de que, siendo nuncio en París, había visitado las sedes católicas del norte de África. Durante seis días de abril celebró misa y recorrió Granada y Córdoba, viendo las huellas del islam. Y en 1954, siendo ya patriarca de Venecia, aprovechó una peregrinación a Lourdes, para hacer ese largo recorrido del camino de Santiago, lucrando como los peregrinos, el beneficio espiritual. Significativamente, al alojarse en Covadonga, anota un entusiasmado elogio de aquel Pelayo que, muerto el 737, según creía, fuera «primer liberador de la opresión musulmana». No puede contenerse y apunta en sus notas: «Cada vez España se hace más atractiva».

Pero el segundo viaje, más silencioso e importante, había tenido lugar en 1953. Al ser relevado de la nunciatura en París, su retorno a Italia tiene lugar por la Península lo que le permite estar un día en El Escorial. Obedecía a una recomendación de Pío XII para que, directamente, pudiera descubrir el cambio que en España se estaba produciendo, al rechazarse el sistema propuesto por Arrese. Fue entonces cuando don Ángel Herrera y don Alberto Martín Artajo, ambos figuras de primera línea en la ACNDP (Propagandistas), le llevaron a las cuestas de Cuelgamuros en donde se estaban concluyendo las obras del que sería el Valle de Los Caídos. Acogió con entusiasmo la idea que le fue explicada: no se trataba de hacer un monumento a los combatientes de un bando de la Guerra Civil, sino de brindar a los católicos que murieran en ambos lados una paz sepulcral bajo las raíces de la Cruz, en donde está la Salvación.

Muy significativo otro punto. Juan XXIII fue elegido Papa el 28 de octubre de 1958. El 3 de noviembre enviaba a Franco una bendición muy especial. Entiéndase bien: no era a una persona concreta, sino a una nación católica a la que se estaba refiriendo. Entre las primeras audiencias privadas figuran dos nombres: don Juan de Borbón, portador de la legitimidad monárquica, y Mariano Navarro Rubio. Éste entregó al Pontífice una carta sellada de su jefe en que pedía dos cosas: que Larraona fuese promovido cardenal y que se diese fin al proceso de canonización de fray Martín de Porres, aquel que coloquialmente se llamaba «fray Escoba». Los cardenales se opusieron, pero Juan XXIII, un año más tarde (1960), entregaría el capelo a Larraona. Y desde luego fray Martín fue canonizado.

En 1959 se produjo la inauguración del Valle. Al dar la noticia, Franco envió a Juan XXIII un regalo, cuya identidad desconozco pero que se menciona en la carta de gratitud del 29 de julio de 1960 que aún se conserva. Fuera de las disyunciones que se estaban produciendo, el Papa bueno y ahora santo quería dejar bien clara la orientación espiritual que al monasterio benedictino se confiara. Rezar por los muertos y, al mismo tiempo, estudiar a fondo la doctrina social de la Iglesia para conseguir que en el futuro no pudieran repetirse los horrores y crímenes que toda guerra civil lleva consigo, desde los dos bandos. Para que las cenizas de los difuntos fueran llevadas allí los familiares debían solicitarlo. Fueron los hermanos de José Antonio quienes firmaron la petición, como sería más tarde el Rey quien estamparía su sello a la petición en favor de los restos de Franco.

Como un reconocimiento del carácter esencialmente religioso de aquel monumento, Juan XXIII tomó importantes decisiones. Pidió al cardenal Cicognani, que fuera el primer nuncio posterior a la Guerra Civil, que procediera a la inauguración de aquella iglesia a la que además dio categoría de basílica menor. En consecuencia se equiparaba a Monserrat, y el abad podía titularse mitrado. Tomando una pequeña brizna de la reliquia de la Santa Cruz que se conserva en Roma, la envió para que confirmase el valor apostólico. Y sobre todo dispuso que quienes asistiesen a los oficios del Viernes Santo en la basílica lucrasen una indulgencia plenaria. Es, por tanto, un error, fruto en muchos casos de la ignorancia, considerar el monumento como obra política.

Cuando, en 1961, se celebró el Congreso Eucarístico de Zaragoza, se dio lectura a una bendición enviada por el Pontífice en donde se definía a España como «heraldo del Evangelio y paladín del catolicismo». El Papa no ocultaba, por otra parte, su inclinación en favor de la restauración de la Monarquía que se calificaba a sí misma como «católica, social y representativa». Disipó los celos que en algunos despertaba el hecho de que el futuro rey se casara con una princesa griega y celebrara sus nupcias primero bajo rito bizantino y luego en ceremonia católica. No había diferencias espirituales entre las dos Iglesias; sólo una cuestión de obediencia. Cuando Juan XXIII recibió a los novios, según explicaría luego don Juan a Franco, se trató de una entrevista cordial. La futura Monarquía prestaba un gran servicio a la Iglesia demostrando que la unidad ecuménica está por encima de cualquier separación de carácter jerárquico. No es extraño que los ahora Reyes recordasen muchas cosas al asistir a los actos de la canonización.