El repliegue

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Asistimos con inquietud al rebrote de los nacionalismos, un repliegue a lo local con paredes y al cierre de fronteras. «América, primero», dice Trump. «Estamos por lo local, contra lo global», proclama en Francia Marine Le Pen. Es el fantasma que recorre Occidente bajo la consigna populista de «el pueblo contra el viejo sistema». Ocurre a todas las escalas. Inglaterra rompe con Europa y los nacionalistas catalanes quieren romper con España. Se construyen muros, sobre todo muros mentales, que son los peores porque su argamasa es el odio al otro y porque son los más difíciles de derribar. Unos pretenden destruir Europa, con la ayuda impagable del nacionalista ruso Vladimir Putin, y otros, aquí cerca, quieren destruir España con la colaboración de los neocomunistas. Ahí está, sin ir más lejos, la Colau, perfecta abanderada color sepia del cartel catalán que se avecina. Este gran movimiento reaccionario para la conquista del poder se hace al grito de «¡Mueran las élites! ¡Muera la inteligencia! ¡Viva la posverdad!». Ya no sirven de nada las razones ni los argumentos de autoridad. No hay autoridad que valga. Sobran los intelectuales y la Prensa. Basta con el manejo de las redes sociales y de los movimientos de masas.

De nada sirve que lo advirtiera Nietzsche, bajo el título de «Una lechuza más a Atenas», en 1878: «Es bien sabido que la ciencia y el nacionalismo son cosas que se contradicen, aunque los monederos falsos de la política nieguen ocasionalmente ese saber; pero también llegará ¡por fin! el día en que se comprenderá que sólo para su daño puede ahora toda cultura superior seguir cercada por vallas nacionales. No siempre fue así; pero la rueda ha girado y continúa girando». En los últimos tiempos la rueda gira aceleradamente poniendo en peligro el progreso conquistado y la convivencia civilizada. Y no se ve forma de parar este repliegue suicida, que coincide con el comienzo de una nueva era histórica: la de la robótica. Parece claro que encerrarse no va con los nuevos tiempos. Personalmente, aprecio lo local cada vez más, es la patria de mi infancia a la que vuelvo siempre, el escenario de mis relatos. ¡Pero lo local sin muros! Lo dice bien el portugués Miguel Torga, en el prólogo de sus «Cuentos de la montaña»: «Universal es lo local sin paredes».